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Valencia CF | Marcelino García Toral, arraigo y lealtad

Villaviciosa es tierra de piraguas y fútbol. De orden y lealtad. El maliayo Manuel Busto ganó hasta en diez ocasiones el campeonato del mundo de maratón. Asturias es tierra de grandes palistas. El piragüismo es un deporte en el que no hay trampa ni cartón más allá del esfuerzo y el entrenamiento. O remas o te vas al garete. Donde el sacrificio es la clave en la individualidad y la solidaridad el camino recto al éxito del grupo, del equipo. Disciplina.

Marcelino García Toral (Villaviciosa, 14 de agosto de 1965) no tiene pinta de palista. Tiene aspecto de sarmiento. Flaco, anguloso, sin un gramo de grasa debajo del pellejo. Aviso para navegantes en una plantilla que ha vivido instalada en la complacencia. El nuevo entrenador del Valencia tiene la misma pinta que hace treinta años, el mismo corte de pelo, igual hasta el mismo peso. Un tipo de costumbres, cabezón, rutinario en sus rutinas. Insisto, un aviso a navegantes. Los que se queden tendrán que empezar a cambiar costumbres y manías. Las que han llevado al Valencia a la desidia. Ya lo dijo Voro al minuto de liberarse del banquillo: «A grandes males, grandes remedios».

El nuevo técnico del Valencia se formó en una de las canteras más prolíficas de España. De Mareo han salido enormes futbolistas. El más reciente David Villa, ídolo del valencianismo. Si se cuenta hacia atrás, Juanele, Luis Enrique, Manjarín, Abelardo... Ahora el nuevo exponente es Jorge Meré, que sería una buena pieza para la zaga del Valencia.

Marcelino se doctoró en El Molinón en una quinta en la que antes o después florecieron Mino, Eloy, Zurdi, Ablanedo, Miñambres... 'Yogurines' que hilaron con uno de los mejores Sporting de la historia. El entrenador del Valencia, que fue subcampeón del mundo sub-20 con Fernando Gómez como compañero de habitación, aprendió idolatrando a sus mayores. En El Molinón se escribió un época gloriosa con Enzo Ferrero, Jiménez, Maceda, Cundi, Joaquín, Mesa -¡qué jugador en todas sus aristas!- y con el viaje de ida y vuelta de Quini. La pureza del fútbol.

Y de eso habló ayer Marcelino en la rueda de prensa de su presentación como técnico del Valencia. De fútbol, de lo que se ha echado de menos en Mestalla en los últimos años. La compraventa del club construyó un castillo de naipes que cayó a plomo. Promesas que no valen nada. El nuevo técnico, antes de hablar de fútbol, mandó un mensaje para buscar el clima necesario para poder trabajar: «Estabilidad y buen hacer institucional». La idea es que la petición no quede sólo en un ruego.

Marcelino trasladó a la rueda de prensa los mismos valores que el adquirió en el Sporting de Gijón donde el papel de José Manuel Novoa fue fundamental para dar lustre a aquel equipo de hombres en el que el esfuerzo y el trabajó ayudó a cincelar los nombres. Lo dijo ayer en la rueda de prensa. La individualidad nunca pesará más que el colectivo y ningún futbolista es imprescindible si no forma parte del equipo. «Gestionar no es mentalizar sino sumar voluntades para el objetivo conjunto», apuntó, para añadir de inmediato los valores imprescindibles que deben regir el funcionamiento de su equipo: exigencia, humildad, compromiso, solidaridad y ambición.

Entrenará con mano de hierro, anunció cambios profundos en la tropa y mostró su deseo de una plantilla corta con las compuertas abiertas para la gente del filial. Lenguaje Mareo. Incluso no tuvo reparo en reconocer que su conocimiento de la cantera del Valencia ahora mismo no es todo lo profundo que exige la toma de decisiones. Franqueza.

Además, habló de historia, del gen del éxito de un Valencia que siempre ha llegado al triunfo por el mismo camino. Marcelino lo resumió en «arraigo», con lo que ya tiene medio camino hecho. Desde la distancia y en la intimidad, el nuevo entrenador del Valencia ya ha dibujado los trazos de una revolución -palabra que no le gusta- en forma de análisis. Los nombres se cambiarán por compromiso, la desidia por pertenencia y la soberbia por humildad.

En Villaviciosa, pueblo de fútbol y piraguas, juegan los blanquinegros del Club Deportivo Lealtad, que desde 1916 lucen como escudo una gran 'L' en el pecho. Un club que nació en el Ateneo Obrero de la localidad. Marcelino comandó el ascenso del equipo de su localidad natal a Segunda B. Un éxito forjado con jugadores leales a un objetivo. Hoy hay otro camino.

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