Las Provincias
Valencia CF

el túnel del tiempo

Una remontada perdida en el olvido

Waldo, en el momento de marcar el primer gol de la tarde. :: j. penalba
Waldo, en el momento de marcar el primer gol de la tarde. :: j. penalba
  • El valencianismo custodia esos instantes mágicos que proporcionan sentido a una existencia

En la memoria colectiva de la afición se guardan como un preciado tesoro el recuerdo de algunos partidos. Quién estuvo allí no los puede olvidar y hasta puede precisar dónde se encontraba y quién lo acompañaba. Alimento para la militancia. El valencianismo custodia esos instantes mágicos que proporcionan sentido a una existencia y, al mismo tiempo, sirven como antídoto para combatir la amargura de los reveses. Momentos de gloria, goles decisivos, acciones que quedan grabadas en el disco duro del sentimiento. Esos fogonazos únicos, de sobra compartidos y evocados hasta la saciedad, han generado numerosa literatura: los goles de Baraja al Espanyol, Kempes con la senyera en la final del 79, el cabezazo salvador de Tendillo, Mendieta y El Piojo en La Cartuja, el gol de Felman en la prórroga copera ante el Barça, el eterno gol de Forment en el descuento y algunos otros -hay para elegir- que se incluyen un una selecta categoría de pasajes imborrables. Eclipsados por ese fulgor duermen en el limbo otros choques épicos.

En estas mismas páginas escribía Héctor Esteban la pasada semana sobre el impacto producido en su hijo por la actuación y el golazo de Carlos Soler en la última cita celebrada en Mestalla. Ese triunfo por 3-2 adquirió un valor único: se convirtió para el niño en el descubrimiento de una fe a prueba de bombas, invadido por una inmensa alegría, repleto de emoción, el chaval entraba en la cofradía valencianista sin reserva alguna. Ha nacido un ídolo que le va a acompañar, esperemos que por mucho tiempo, como referente. Ese encuentro trepidante y ese gol espectacular le tocaron la fibra sensible y permanecen ya como una seña de identidad en su código de aficionado. Cuando pasen los años rememorará el instante con todo lujo de detalles. El relato le acompañará.

Sin haber cumplido todavía los ocho viví esa tormenta perfecta de sensaciones en un Valencia-Sevilla. La tarde en Mestalla se había torcido pese a un comienzo tranquilizador. El consabido gol de Waldo antes del cuarto de hora parecía encarrilar un compromiso cómodo. El ariete brasileño era mi ídolo de infancia y el de otros muchos niños. Una temporada antes había conquistado el trofeo 'Pichichi' con 24 goles en 30 partidos. Su potente golpeo de balón constituía un espectáculo. La grada celebraba los lanzamientos de golpe franco en la frontal porque intuía la inminencia del gol. Las barreras de los adversarios, también. Eso no era lo peor. Más de un jugador rival caía redondo por el tremendo impacto del balonazo en su cuerpo.

Aquel partido correspondía a la novena jornada de la Liga 67-68 con el conjunto adiestrado por Mundo buscando acercarse al pelotón de cabeza tras un inicio irregular. El Sevilla cerraba la tabla con una solitaria victoria. En la segunda mitad, los de Nervión se hicieron el ánimo ante un rival confiado. Dos goles visitantes, en apenas cinco minutos, ensombrecieron la tarde de aquel domingo de mediados de noviembre. La impaciencia se apoderó del ambiente. Las crónicas detallan que, ante la evidente superioridad forastera, el público presente reconoció con aplausos su juego y muestras de enfado hacia los suyos.

Una vez más el equipo tiró de la afición y le imprimió un ritmo vertiginoso al partido. Mestalla tocó a rebato. El Valencia se lanzó al abordaje sobre la portería del Gol Gran defendida por el sevillista Rodri. El último cuarto de hora resultó trepidante. La apoteosis estaba por llegar: tres goles en los últimos diez minutos le dieron la vuelta al marcador y crearon ese ambiente de mascletá tan del gusto de la parroquia valencianista. Acorralado en su área, el Sevilla se defendía como podía. Una combinación entre Waldo y Claramunt la culminó el capitán Roberto con el tanto del empate. Una sucesión de saques de esquina fue el preludio del gol de la remontada marcado por Jorge Cayuela, aquel interior catalán que llegó a Valencia desde Bélgica como una figura en ciernes. La explosión de júbilo no tuvo límite cuando poco antes del final un disparo del paraguayo Jara se estrelló en el travesaño, el balón rebotado cayó en los dominios de Pep Claramunt que logró el cuarto. Los valencianistas se llevaban el triunfo y cerraban la tarde con diez minutos de máxima intensidad que compensaban la abulia de los ochenta restantes. Incluso el colegiado del encuentro, el catalán Pintado, que sostenía una relación tirante con Mestalla fue despedido entre aplausos cuando su presencia fue recibida con una sonora bronca en los prolegómenos.

Waldo ya no reeditó su condición de máximo goleador, el Valencia concluyó aquel campeonato en cuarta posición y cuajó una campaña aceptable con momentos de brillantez alternados con pinchazos inesperados. La continuidad de Mundo en el banquillo tocaba a su fin, de hecho fue su última campaña completa. Peor le fue al Sevilla que acabó perdiendo la categoría, aquella fue la primera vez que conoció el descenso a segunda división, un amargo viaje que hizo acompañado del Real Betis. Los dos clubes hispalenses fueron los únicos que bajaron. Casi cincuenta años después, el partido sigue archivado en los anales del olvido aunque a mí me sigue emocionando lo vivido aquella tarde junto a mi padre. Imposible de olvidar.

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