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Miodrag Belodedici: «Siempre fui aquel niño de pueblo que disfrutaba jugando»

Belodedici, en las oficinas del club de Mestalla.
Belodedici, en las oficinas del club de Mestalla. / J.J. Monzó
  • Llegó al Valencia en 1992 con la vitola de mejor líbero del planeta tras ganar dos Copas de Europa con el Steaua de Bucarest y el Estrella Roja

La historia de Miodrag Belodedici (Socol, Rumanía, 1964) es la de un hombre que no ha perdido el tiempo. Como muchos, se enganchó al fútbol en las calles de su pueblo. Luego alcanzó la élite, conquistando dos Copas de Europa: una con el Steaua de Bucarest y otra en un Estrella Roja repleto de talento. Escapó de la dictadura de su país, rozó las semifinales de un Mundial y Valencia fue su casa durante dos años. Belo, que en su momento fue considerado el mejor libre del mundo, sigue viniendo a la capital del Turia para visitar a su hija e incluso le nombraron fallero de honor en una falla de Valencia. «La ciudad y la gente son fenomenales», admite quien ahora pasa su día a día en la Federación Rumana de Fútbol.

-¿A qué dedica su tiempo ahora?

-Estoy trabajando en la federación rumana, antes estuve como coordinador de las selecciones juveniles, de chavales de entre 15 y 18 años. Ahora me dedico a temas de organización y demás, siempre cosas relacionadas con el fútbol.

-Vive en Rumanía y sigue viniendo a Valencia...

-Mi hija vive en Valencia. Suelo pasar allí tres o cuatro meses al año y tengo casa. La ciudad y la gente es fenomenal. Incluso soy fallero de Honor en una falla de Valencia. Mi adaptación fue fantástica.

-A usted le fichó Arturo Tuzón, ¿qué recuerda de él?

-Tenía un muy buen trato con él. Un señor muy digno, muy serio.

-Y en su segundo año en el Valencia desfilaron cuatro presidentes.

-Sí. Después vino Paco Roig y hubo problemas. No sé quién tenía problemas con él, por ejemplo Lubo Penev... Ahí estaban discutiendo, es cierto que había problemas con el presidente Roig... La afición estaba enfadada con nosotros, perdíamos partidos, las cosas no iban bien...

Saludando a Arturo Tuzón, en Mestalla.

Saludando a Arturo Tuzón, en Mestalla. / J.J. Monzó

-¿El trato con Roig era más difícil?

-Sí, un poco más difícil.

-¿Cómo surgió para usted la opción de fichar por el Valencia?

-Estuve en el Estrella Roja y después de ganar la Copa de Europa, como sabéis en la antigua Yugoslavia empezaron a pelearse los serbios con los croatas... Después de ganar la Copa de Europa todos los jugadores se fueron al extranjero. Tenía ofertas, una de Italia, otra de Bélgica y la del Valencia. Hablé con un empresario del Estrella Roja y decidí venir al Valencia.

-Usted llegó a Mestalla como una estrella...

-Sí, bueno... Venía de ganar dos Copas de Europa y llegaba para sustituir al señor Ricardo Arias como libre. Tenía trofeos, es cierto, pero en aquella época empezaron a cambiar de sistema con Guus Hiddink, que estaba de entrenador. Empezamos a jugar con dos centrales y yo por detrás, pero no iba bien. Cambiamos después a jugar en línea y ahí me perdí un poco. En Liga íbamos bien, hacíamos buenos partidos, de la UEFA tengo muy malos recuerdos. El primer año con el Nápoles y el segundo, el de Karlsruhe. Los alemanes...

-¿Qué paso con Hiddink? ¿No había 'feeling'?

-Al Valencia no sé si le faltaba un central. Ya no se jugaba con libre y teníamos tres o cuatro centrales en línea: Giner, Voro, Camarasa, Robert (resopla)... eran muchos. Yo jugaba de libre toda mi vida y me apartó un poco del equipo. Eso sucedió.

-Pese a los problemas iniciales, acaba jugando casi 80 partidos en dos temporadas.

-Sí, al final sí. Ya no jugaba de libre, cambiamos y pasé dos años así en el Valencia. Y de ahí me fui al Valladolid porque cuando yo llegué al Valencia lo hice con una edad, 28 años...

-¿Cómo era en el vestuario Luboslav Penev?

-Era el goleador del equipo. En el vestuario se comportaba bien, nunca estaba solo. Salíamos a cenar, a comer... Con Penev, Leonardo o Álvaro Cervera, que era vecino mío.

-Por nombres, tenían un equipazo...

-Recuerdo que en Liga peleábamos bien y acabábamos en UEFA. Era un equipo muy técnico, con jugadores muy buenos en el centro del campo. No éramos fuertes físicamente, pero estaban Fernando, Arroyo... Jugábamos un fútbol bonito.

-Justo antes de irse del Valencia, llega una figura que sería muy importante: Pedja Mijatović.

-Hizo dos o tres temporadas muy buenas. Fue un goleador, como Adrian Ilie, como la 'cobra'... Recuerdo que lo quería el Real Madrid y la afición no quería que se marchara. Él decía que no se iba, pero por detrás estaba hablando con el Madrid y había problemas. Un gran futbolista.

-¿Mantiene relación con los hermanos Ilie o Dennis Serban?

-A Serban lo veo en Valencia, está viviendo allí... Me veo con Giner, estuve con Voro, Álvaro... Trabajamos juntos en El Planter y estoy en contacto con varios de ellos.

En dura pugna con Suker, en un Valencia-Sevilla.

En dura pugna con Suker, en un Valencia-Sevilla. / J. Penalba

-Se vio hace poco con Fernando Gómez en Valencia, ¿qué le dijo sobre el momento actual?

-He hablado con Fernando, está buscando para meterse y hacer algo en el fútbol. Me preguntó qué tal por Rumanía y está esperando para entrar. Claro que le preocupa el Valencia CF. Se han vendido a muchos jugadores buenos y es difícil mantenerse arriba así. Años atrás se jugaron dos finales de Champions y tuvo un gran equipo, fue una época muy buena. El Valencia no suele comprar a los mejores jugadores. Compra, crecen y los vende. De todas formas, confío en que pronto subirá el nivel otra vez.

-Después del Valladolid, se fue a Segunda para jugar en el Villarreal.

-Hablé con Robert, que estaba jugando allí, y me dijo: 'oye, Belo, ¿tú qué haces?'. Estaba esperando porque no quería salir de España. Venían a hablar conmigo los mexicanos y me querían llevar allí después del Mundial de Estados Unidos. Intentaban convencerme. Me fui al Villarreal pensando que me quedaría algún año más y dejar el fútbol, pero de ahí salí al Atlante de México dos años más y cuando acabé, no me retiré y volví a Rumanía. Firmé dos años y acabé jugando tres.

El niño que jugaba en la calle

-Usted nace en una familia de origen serbio y, de hecho, sus inicios futbolísticos, en el Minerul, también se producen muy cerca de la frontera con Serbia. Esta mezcla de etnias tan evidente, con esas fronteras tan frágiles de los Balcanes, ¿le llevó, en su juventud, a plantearte aspectos como cuál era tu patria o dónde querías vivir y jugar al fútbol?

-De pequeño y joven, al vivir tan cerca de la frontera con Serbia, recuerdo que veíamos mucho la televisión yugoslava; sus películas, sus programas y, por supuesto, los partidos internacionales del Estrella Roja. Mis padres tenían una identificación que les permitía cruzar para ver a la familia, y yo iba con ellos. Por eso me interesó tanto lo yugoslavo.

-¿Cómo fueron aquellos inicios en el Minerul? ¿Quién fue la primera persona que confió en usted como jugador y pensó que podría llegar a ser una estrella?

-Tenía 14 años cuando comencé allí. Había un profesor que me preguntó cuál era mi experiencia, y le contesté que la calle. Como era alto y delgado me colocaron en el centro del campo, pero vieron que no tenía la fuerza suficiente, así que me pusieron de líbero, y en ese puesto me quedé para siempre.

-En 1981 fue seleccionado para jugar en el Luceafărul de Bucarest. Aquel no era un equipo al uso, ¿no? ¿Es cierto que estaba compuesto por los que la Federación consideraba que podrían convertirse en los mejores jugadores del país?

-Sí, jugábamos en segunda división, y yo entré como juvenil, porque los equipos tenían la obligación de tener en su plantilla a gente joven. Fue un año muy bueno. Competimos a muy buen nivel.

-Con 18 años, en 1982, le ficha el Steaua. ¿Cómo se produjo aquella operación?

-Fue a través del presidente del club y por mediación del entrenador del Luceafărul, que fue portero del Steaua. Un día me cogió de la mano, nada más cumplir los 18, me dijo que iba a jugar en el Steaua, me llevó a la sede y allí me quedé.

-¿Cómo era la vida de un jugador de primer nivel en la Rumanía de Ceauşescu? ¿De qué privilegios podía gozar?

-Era todo muy simple, muy fácil. No como ahora. Yo no hacía otra cosa que entrenar. Me pasaba el día entrenando y jugando partidos. Salía muy poco por las noches. El Steaua era el equipo de los militares, y no paraban de decirnos que tuviéramos cuidado con lo que hacíamos y con cómo nos comportábamos. Que no bebiéramos, que no saliéramos, que no nos viera la gente mal vestidos. Iban detrás de nosotros continuamente.

-Con aquel Steaua, en el que juega entre el 82 y el 88 gana 4 Ligas, 3 Copas, una Copa de Europa y una Supercopa de Europa. ¿Qué tenía de especial aquel equipo dirigido por Imre Jenei?

-Con él y con Anghel Iordănescu trabajé muchos años, tanto en Steaua como en la selección. Fichaban a los mejores jugadores del país. Buscaban a los más destacados de Rumanía y, cada año traían a siete u ocho. Al final, tenías prácticamente a toda la selección.

Con la camiseta de la selección rumana.

Con la camiseta de la selección rumana. / UEFA

-El Steaua era el equipo del Ministerio de Defensa y el Dinamo, el del Ministerio del Interior, la Securitate. ¿Había presiones de ambos organismos? ¿La política jugaba un papel importante en la competición entre los dos equipos de la capital?

-Sí, había presión. Sobre todo de cara al derbi. Cuando se acercaba, sentías la presión de los generales, el ministro. Te insistían en que tenías que ganar. Igual que cuando jugabas algún partido internacional. Entonces te decían que había que luchar por Rumanía.

-Hablemos de aquella final de la Copa de Europa de Sevilla, el 7 de mayo de 1986: El claro favorito era el FC Barcelona. ¿Su objetivo principal era plantear una defensa fuerte y no dejarles jugar?

-Claro. Eran los favoritos, y a nosotros no nos conocía nadie. Nunca pudimos explicarnos cómo pudo perder aquella final el Barça. Pensábamos que iban a jugar mucho mejor. A medida que se desarrolló el partido desaparecieron; daba la sensación de que estaban cansados. Nos sorprendió. Es cierto que algunos de aquellos jugadores ya eran mayores: Alesanco, Archibald, Schuster, Víctor... Nuestro objetivo primero era reforzar el centro del campo y la defensa. Si luego Lăcătuş y Balint podían hacer algo delante, mejor. Pero, no, y acabamos en los penaltis.

-Uno de los héroes indiscutibles del partido fue su portero, Duckadam, que paró todos los penaltis.

-Era muy grande. Ocupaba toda la portería, y paraba muy bien los penaltis. En los entrenamientos practicaba mucho.

-Sus salarios como jugadores eran muy bajos. Tras lograr el título, ¿cómo les premió el régimen? ¿Ganar la Copa de Europa cambio su vida?

-Cada uno tenía su salario militar, porque cada uno tenía su grado: capitán, coronel, general... Ese era nuestro salario de cada mes. Aparte tenías unas primas por ganar cada partido. Al ganar la Copa de Europa nos regalaron un todoterreno militar de segunda mano a cada uno. Eran tan grandes que no podías ir con él por la ciudad, así que lo que hicimos fue venderlos. Se vendieron muy bien, por cierto.

La huida a Yugoslavia

-En 1988, con Ceauşescu todavía en el poder, escapa de Rumanía y solicita asilo político en Yugoslavia. ¿Qué le llevó a tomar esa decisión? ¿Es cierto que, anteriormente, ya se lo propuso a Balint y Hagi?

-Sí, cuando jugábamos fuera de Rumanía yo les decía que podríamos no regresar. Quería salir de Rumanía, visitar otros países, vivir en ellos, progresar, hacer cosas, pero no nos dejaban; estaba prohibido. Y, claro, cuando a un joven le prohíbes ir a algún sitio, para allá que se va. No veía futuro en Rumanía.

-Lo hace a través de un visado de turista que te permite viajar a Yugoslavia, ¿no?

-Sí. Nuestros pasaportes los guardaba el club. Cuando viajábamos nos los daban y, al regresar, los devolvíamos. Hablé con los dirigentes y les dije que lo necesitaba porque tenía que ir con mi madre a una boda a Yugoslavia. Tuve que informar detalladamente de todo. Imagino que, como estábamos en un momento muy bueno y yo jugaba con la selección, pensaron que no iba a hacer nada raro, y me lo dieron. Lo cogí, crucé la frontera y pedí asilo político.

-El régimen rumano le declaró culpable de traición y le condenó a diez años de prisión in absentia, aunque los cargos contra usted se retiraron tras la caída de Ceauşescu. Estando ya en Belgrado, incluso el propio Iordanescu fue para tratar de convencerle. ¿Sufrió su familia algún tipo de represalia?

-Bueno. Lo de las posibles represalias es algo que, en estos casos, siempre se rumoreaba. Mi hermana mayor se quedó en Rumanía, y tuvimos algo de miedo. Hablaron con mi familia del pueblo, pero al final no pasó nada.

-Su fichaje por el Estrella Roja fue muy curioso. Al parecer, se presenta en la sede y ofrece sus servicios.

-Sí. Fui a ver un partido y, al acabar, me pasé por el club y, simplemente, les ofrecí mis servicios. Pedí hablar con el director del equipo y se lo planteé. El me miraba con cara rara y no acababa de creerse lo que le estaba proponiendo. Tiempo después me dijo que tenía miedo y temía que se tratara de algún asunto raro. No entendían que un jugador que había ganado una Copa de Europa y era fijo en la selección planteara algo así y renunciara a todo en su país.

Foto oficial con la Copa de europa de 1991.

Foto oficial con la Copa de europa de 1991. / Estrella Roja de Belgrado

-Con el Estrella Roja ganó 3 ligas, una Copa y, por supuesto, otra Copa de Europa y la Copa Intercontinental. ¿Qué diferencias había entre ambas ligas y entre los modelos de fútbol: tipo de juego, niveles de calidad, rutinas de trabajo?

-Los jugadores rumanos no podían salir del país para jugar en otros equipos hasta cumplir los 30 años. Eso te limitaba en cuanto a experiencia y aprendizaje, algo que sí tenían los yugoslavos. Allí había mucho talento, pero, aparte, cuando tenían 25 años ya podían salir fuera del país. Estrella y Partizan se rifaban los mejores jugadores de Yugoslavia porque tenían mucho dinero al ir vendiendo a los que iban progresando.

-¿Cómo le recibió la plantilla? A su llegada, ¿era consciente de que estaba con algunos de los mejores jugadores de la historia del fútbol europeo? Hablamos de Stojanović, Jugović, Mihajlović, Binić, Savićević, Prosinečki, Pančev...

-Allí firmé el primer contrato profesional de mi carrera. Fue por tres años. Cuando llegué me miraban con un poco de recelo porque no dejaba de ser una persona que había huido de su país tras crecer en un club militar. De hecho me veían como una persona muy disciplinada. Pero no tuve ningún problema. Me trataron muy bien y me aceptaron. Además, yo sabía hablar su idioma, y eso ayudó.

-¿Cuál de ellos le llamaba más la atención, tanto por su forma de ser como por su estilo de juego?

-Mihajlović era un jugador increíble. Savićević, había partidos en los que podía jugar el solo. No hacía falta nadie más. Prosinečki, en el centro del campo, distribuía el juego, a izquierda y derecha, como muy pocos. El entrenador nos decía que no le preocupaba la delantera, que jugaban solos. Insistía, sobre todo, en la defensa. Con mi llegada conseguimos reforzar las líneas y mejoramos.

Vientos de guerra

-En ese equipo convivían jugadores de diversas etnias. ¿Cómo era el ambiente? La guerra era inminente. ¿Era algo que se vivía en el vestuario?

-No, ningún problema. El padre de Prosinečki era de Croacia y su familia vivía en Zagreb, pero no nos afectó. Había gente de todas partes de Yugoslavia y convivíamos sin problemas. Los únicos problemas los teníamos cuando íbamos a jugar contra el Dinamo de Zagreb.

Celebrando la consecución de la Copa Intercontinental.

Celebrando la consecución de la Copa Intercontinental. / Estrella Roja de Belgrado

-Imagino que se refiere a aquel partido de mayo de 1990, que acabó en batalla campal y con Boban propinando una patada karateca a un policía que agredía a un hincha del Dinamo. Hay quien dice que aquel fue el primer acto de las guerras yugoslavas.

-¡Uf! Sí. No podíamos salir del hotel. Salimos a calentar, los hinchas rompieron las vallas, invadieron el campo y nosotros salimos corriendo, directos a los vestuarios. Fuera se armó un jaleo tremendo: peleas, el suceso de Boban... Allí se acabó la liga.

-Vayamos a la final del 29 de mayo del 91 en Bari, contra el Olympique de Marsella. Se supone que se enfrentaban dos de los equipos con más poder goleador de la Europa de aquellos años, pero también en esta ocasión llegamos a los penaltis, con empate a cero. Fue un partido aburrido. ¿Optaron intencionadamente por centrarse en las labores defensivas y de contención?

-Sí. Pasó algo parecido a la final de Steaua y Barça. El entrenador nos dijo que teníamos que defender bien, frenarles. Como te decía antes, con los delanteros no hablaba. No tenía nada que decirles, eran unos fuera de serie y sabían lo que tenían que hacer. E hicimos nuestro trabajo y defendimos muy bien.

-¿Es cierto que les ofrecieron dinero por perder aquel partido?

-A mí no me llegó nada. He escuchado que Mihajlović y Savićević han dicho algo, pero no me consta.

-A nivel personal, ¿cuál es la deuda profesional que le obsesiona más? ¿Tal vez no haber conseguido ningún título a nivel de selección? ¿Aquel Mundial del 94 en que Rumanía estuvo a un penalti de llegar a semifinales?

-Sin duda. Es así. Fue lo máximo a lo que llegamos. Estuvimos a nada de estar en semifinales. Hubiera sido increíble. No sé si teníamos equipo para ganar el Mundial, pero lo tuvimos tan cerca. Fallamos más que el rival y, quien más falla, pierde.

-Se convirtió en el primer jugador en la historia en ganar la Copa de Europa con dos equipos diferentes. Llegó a ser considerado el mejor líbero del mundo. ¿Le afectó aquello de algún modo? ¿Llegó a sentir demasiada presión?

-No, no. No pensaba en esas cosas. Siempre fui una persona muy normal. No me interesaba la fama. Lo único que me gustaba era jugar al fútbol, correr, tocar el balón. Nunca me he comportado como una estrella ni como una vedete. Me encantaba hablar con la gente. Seguía siendo aquel niño de pueblo que disfrutaba jugando. Te lo pueden decir mis compañeros del Valencia CF: Dentro y fuera del vestuario era bastante sencillo. En lo único que pensaba era en que tenía que jugar bien para demostrar, cada partido, que merecía la confianza de la gente.