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Valencia CF

Mestalla se merece un respeto

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/ EFE

  • El Valencia se deja llevar por el tedio y sólo espabila al final tras igualar el 0-1

No le den más vueltas. Esta historia se acabó (no ayer) y lo único que queda es armarse de paciencia para soportar lo mejor que se pueda esos seis partidos que todavía faltan por jugarse en Mestalla. Como diría Benítez, ‘nos quedan dos meses de aguantarnos’. Seguramente con el subidón de adrenalina del día del ajusticiamiento al Real Madrid, los jugadores del Valencia –avispados ellos– dijeron eso de ‘hasta aquí hemos llegado’. Empezaron a partir de entonces la búsqueda de argumentaciones para justificar lo injustificable:que si un par de desconexiones tragicómicas, el día del Alavés; que si hemos dado la cara pero son mejores, el día del Atlético de Madrid;que si el Sporting está más habituado a jugar los sábados, y a la una de la tarde, y en Mestalla, y en fallas, y hasta con unas gradas cada vez más vacías... Píntenlo como quieran, da igual. Aveces es mejor tirar de la ironía para soportar el castigo que la afición está sufriendo por parte de este grupo de consentidos futbolistas. ¿Cómo puede ser que el Valencia espere a los últimos diez minutos para aparentar que no es peor que el penúltimo clasificado?

No tiene este Valencia ni la fuerza mental ni la frescura de fútbol suficiente para resistir con decoro el insípido final de temporada. Y no se vayan a creer ustedes que el rival dio esas dentelladas de equipo que se juega la vida en cada disputa de balón. De eso nada. Fue tan inocente como para permitir, por ejemplo, que una falta escorada a favor en ataque se convierta en un contragolpe descarado de Orellana por la sencilla razón de su desestructurada disposición sobre el terreno de juego. El Valencia no ganó por la sencilla razón de que su aportación fue tan limitada como previsible. Así es este Valencia, condenado sin cinturón de seguridad a una montaña rusa hasta el final de campeonato.

Y eso que, a decir verdad, el público de Mestalla lo tiene bastante asumido y le llega a dar igual aplaudir que comer pipas o bramar contra el palco. Sabe que en algún momento a Parejo se la van a birlar; que Cancelo lleva tiempo a su bola; que a Zaza no tardará mucho tiempo un árbitro en echarlo; que Munir y pese al gol necesita un tiempo para la reflexión, y que en cualquier instante hasta un condenado a Segunda te la puede liar.

El problema que tiene Voro es morrocotudo y eso le está desgastando en exceso. Ayer, por ejemplo, antes de llegar a la media hora de juego la estadística decía que el Sporting llevaba ganados (22) más del doble de duelos que el Valencia en la disputa del balón. Tan sólo con un ligero punto más de intensidad, los visitantes sobrevivían con cierta apariencia. Gayà se estaba hinchando a meter balones al área pero unas veces a Zaza le pillaba lejos, otras fuera de sitio y cuando no en fuera de juego.

No ofrecía el Valencia la fluidez necesaria en el centro del campo para pillar despistada a la defensa asturiana. Sin Enzo Pérez, dio por momentos la impresión de que Carlos Soler y Parejo no tenían muy claro quién de los dos tenía que proteger a quién.Aún así, transcurrían los minutos con pocas alteraciones. Sólo un córner en el último instante del final del primer tiempo provocó el runrún en la grada cuando el sportinguista Mere apareció al primer poste para cabecear cruzado.Fue el único apunte de esta fase inicial, aburrida y con escasa imaginación por parte de los dos colectivos.

El público, luego, creyó que la cosa iba a cambiar radicalmente. Ese contragolpe de casi 60 metros de Orellana invitó a pensar que el Valencia mejoraría. El chileno, infectado por el virus del conformismo de sus compañeros, hizo lo más difícil (aguantar el largo esprint con el balón en los pies) pero falló en el golpeo final ante Cuéllar. Apenas unos instantes después llegó otro ramalazo de inspiración blanquinegra. Gayà, incansable en el intento, exprimió el desconcierto de Douglas para colarse en el área y caer al contacto con Vesga. El árbitro lo tuvo bastante claro. Como también Diego Alves, que fue el que le chivó a Parejo –con la mediación de Montoya– por dónde tenía que lanzarlo. Ni por esas. Cuéllar le adivinó el destino y encendió, sin saberlo, la eterna reivindicación popular contra el máximo accionista.

El Valencia, en lugar de hurgar en su amor propio, se dejaba engullir.De la desgana a la desorientación. Fue entonces cuando el Sporting creyó en el milagro. Hacía peligro en cada saque de esquina y a la hora Cop, tras un rechace de Alves y con Mangala defendiéndole a golpe de prismático, encendía el masclet: 0-1. Mestalla olía a pólvora y la ‘petardà’ iba a ser de las gordas.

Empezaron los cambios. Voro quitaba a Montoya; bajaba a Cancelo para darle también metros por delante;metía a Santi Mina por la izquierda (luego fue Bakkali ahí) y resistió la petición popular de que quitara del campo a Munir. El barcelonista no estaba dando una a derechas y fallaba de una manera casi ridícula cualquier manejo y remate. Pero iba a ser, curiosamente, el hombre que finalmente evitara la vergüenza. Un centro de Cancelo al bulto lo cabeceó Munir casi por castigo, porque quien saltó de verdad buscándolo fue Zaza. El balón cogió parábola y se coló a pocos centímetros del guante del meta.

Con seis minutos por delante más los cinco de la prolongación el Valencia creyó en el milagro de los panes y los peces. Metido el Sporting atrás, empezó el agobio local. Se amontonaron blanquinegros en pocos metros pero sin la precisión ni el convencimiento suficiente. Por eso hubo que apretar los dientes de verdad en esa última falta que tuvo a favor el equipo asturiano y que, una vez más, volvió a poner en evidencia la poca consistencia que tiene el Valencia, cada vez con menos respeto a Mestalla.