Las Provincias
Valencia CF

El Valencia CF homenajea a la vulgaridad

  • El Valencia ofrece la peor de sus versiones ante un Atlético con decisión

En este Vicente Calderón que exprime sus últimos pálpitos, el Valencia ha ganado títulos. Dos para ser más exactos. Aquella Copa del Rey del 79 con el Matador como máximo exponente y la de 2008 que todo el mundo recuerda por el desbarajuste que dejó Koeman. Nueve años después de esa última gesta copera, ponerse a buscar qué queda de aquel Valencia imperial en el que Kempes y su tropa ofrecían tardes de orgullo es poco menos que una pérdida de tiempo. Lo de este equipo versión 2.0, el que malvive, llega a bordear el género absurdo, capaz de sorprender a algunos con una de cal y sacar de quicio a todos con cuatro de arena. Por eso está donde está y por eso está condenado a purgar sus propios pecados hasta el último segundo de esta tediosa temporada.

El Valencia no ha sido digno de protagonizar un sentido homenaje a este estadio de solera. Ahora bien, si lo que pretendía era ser un digno acompañante de la fiesta local, desde luego cumplió perfectamente su cometido. Ahí no hay que ponerle ningún pero al grupo. El problema es la confusión, peligrosa y atrevida, de creer que con salir al césped a verlas venir se tiene suficiente como para competir con el Atlético. Qué inocentes aquellos ilusos que lo creyeron. A este Atlético de Madrid, por muy desnaturalizado que este año se encuentre, no se le supera por la vía testimonial. Para arañar al grupo liderado por Simeone -envidia de líder de manada- hay que poner en la balanza tantos argumentos que este insignificante Valencia acaba perdiéndose en sí mismo. Tampoco hay que darle muchas vueltas. El Atlético, simplemente, está actualmente en una zona tan superior a los valencianistas que con sólo intentar seguir haciendo lo que durante años ha hecho le basta no sólo para ganar el partido sino incluso para hacerlo con goleada. Tres fueron pocos. El partido podía haber acabado, sin rubor alguno, en un 5-0 por ser comedidos. Con decir que a Oblak se le acabaron helando las manos del frío está todo dicho.

El Valencia ni supo a qué jugar, ni aportó competitividad, ni defendió con orden y agresividad ni atacó con atrevimiento y calidad. Una tarde llena de desidia que sólo sirvió para cortar los puntos que en las últimas semanas parecían haber suturado las heridas. El rival, con dos días menos de descanso y con varios grados de presión por aquello de que le habían descabalgado de la cuarta plaza, fue dueño y señor de la situación de principio a fin. Incontestable. Abrió en canal al Valencia como y cuando quiso. Por fuera y por dentro, tricotando el fútbol desde el medio del campo o al pelotazo y a la carrera para matar al contragolpe. Si encima tú arrimas el cuello al filo del cuchillo, el corte que te hacen bestias del calibre de Griezmann, está dicho todo.

Lo triste no fue la derrota, que lo es siempre, el pesar llegó cuando el árbitro pitó el final y uno se hace la siguiente pregunta: ¿Qué hizo el Valencia? La respuesta es sencilla: nada, pero nada de nada. Fue una de esas actuaciones que si te pones a pensar, no encuentras a nadie para salvar el desaguisado. Desde el mismo Diego Alves que no acierta a reaccionar cuando toca, hasta los supuestos delanteros que tan sólo disparan en apenas un par de ocasiones y con balas de fogueo a la portería contraria.

Minuto y medio tardó el Atlético en meter al Valencia en su área. A los diez ya ganaba y a la media hora Voro modificaba su sistema inicial en un intento de que su gente hiciera algo de provecho. La batalla estaba perdida de antemano. Quizás desde la pizarra. Porque por muchas piernas que metió Voro en el medio, desplazando a Orellana a la izquierda donde parece perderse, el Atlético jugó a lo suyo. A manejarla con criterio, a percutar por las bandas cuando se podía y a apretar las clavijas cuando los defensas, en lugar de presionar, reculaban asustados. Así, por esa tendencia a la autoprotección, llegó el primero. Griezmann buscó el espacio y al francés le encontró Koke. Pase, diagonal y lanzamiento a puerta. En un plis plas habían hecho el primer tanto pese a que defensivamente el Valencia tenía superioridad. De nada les sirvió, en un claro anticipo de por dónde iría la película. De terror claro.

Voro cambiaría buscando algo de sentido al juego de su equipo dejando a Enzo y Parejo en la cocina, desplazando a Carlos Soler a la derecha y acercando a Orellana a Zaza. Bala perdida. A Soler hay que darle campo por delante, no condenarlo a la línea de banda.

El descanso no sirvió para nada. El umbral donde se mueve el Valencia en cuanto a conceptos futbolísticos es tan escaso que no hay opción para encontrar recursos. El simple hecho de que Voro le haya cogido gusto a eso de no agotar los cambios es porque cuando mira el banquillo no ve ninguna aportación mejor que la que hay sobre el césped. Es triste, pero es así. Y cuando nada más reanudarse el juego, casi sin tiempo para ver si se puede al menos intentar algo, le pones poco menos que en bandeja el segundo y así sucesivamente, apaga y vámonos. Griezmann la tuvo, también Gameiro pero afortunadamente se durmió en los laureles, y en este incesante carrusel de dramas por las continuas pérdidas y concesiones, el Valencia a lo único que aspiraba era a soportar de la manera más aparente el chaparrón de golpes del Atlético de Madrid.

Ni la entrada de Bakkali por un desaparecido Munir, ni la presencia de Santi Mina como enganche ni el enésimo cambio de rol de Carlos Soler (acabó de doble pivote con Parejo) provocaron la más mínima inquietud entre los colchoneros. Llego eso sí, por machacona insistencia, el tercero. Esa es la diferencia de un Atlético con espíritu -y calidad- a un Valencia que tiene por desgracia mucho de mediocre.

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