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Valencia CF

Orellana recupera los genes del Valencia

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/ EFE

  • El chileno, con fútbol, y Enzo, con garra, lideran la mejor versión de toda la temporada

La vida le cambió al Valencia en un minuto. El que pasó entre la parada de Diego Alves a Lekue y el gol de Nani. Del once al doce de la primera parte. A partir de ese momento, todo vino de cara. Lo predecible y lo impredecible. El Valencia de Voro, que es de justicia remarcarlo, dio ayer un paso adelante en competitividad, compromiso y esfuerzo. Y lo más importante, en lo que se entiende como fútbol. No sería un atrevimiento apuntar que el de ayer fue uno de los mejores partidos de la temporada. Incluso mejor frente a once que contra diez. El descenso, esa fábula de ‘Pedro y el lobo’, se queda a siete puntos y se encara el partido ante el Real Madrid con una dosis extra de motivación. Fue bueno irse anoche a la cama con sueño.

El Valencia le tiene que dar las gracias a Berizzo. Infinitas. El día que el técnico del Celta dijo que Orellana no jugaría nunca más en su equipo recetó el bálsamo de Fierabrás para curar todas las heridas del club de Mestalla. La principal, la falta de fútbol. El chileno, que se ha pasado toda su carrera en equipos de medio pelo, ha llegado rebotado a un grande para resucitarlo en sus peores momentos. Voro le cambió el paso a Valverde al mantener a Munir en la banda y meter al chileno en zona incordiosa. «A Orellana entre líneas a veces lo pierdes de vista», reconocía el técnico vasco en la rueda de prensa posterior a la derrota. Valverde esperaba a Orellana en banda, y ahí puso a Saborit para fijar la marca. Pero Voro le ofreció a su jugador la anarquía exigida para convertir en un laberinto el espacio que iba entre los centrales y San José e Iturraspe.

Lekue la tuvo. En uno de los pocos errores de Montoya en todo el partido. Un lateral con oficio. Diego Alves hizo la parada de la tarde. Un despeje que brindó la calma necesaria. Si hubiera sido gol, a remar otra vez con un Mestalla en plena marejada. El error de Lekue tuvo continuidad con el gol del Valencia. Orellana, siempre Orellana, puso un balón de oro a Nani que batió a Iraizoz para adelantar al Valencia. El luso, cuando aparece, es un futbolista de primer nivel. El chileno y Nani hablan el mismo idioma. A partir de ahí, el Valencia jugó con el sentido necesario. Arropado por la ventaja en el marcador.

La presión arriba fue notable. El Athletic Club bastante tenía con ocuparse de Orellana. Una pesadilla engordada por la lesión de Laporte, que se tuvo que retirar del partido mediada la primera parte. Parejo anduvo más libre para fabricar fútbol. El de Coslada crece cuando no tiene que dedicarse a otras cosas. Para barrer ya estuvo Enzo Pérez. Gran partido del argentino. Mandó sobre el juego defensivo del equipo y agotó a Muniain, que nunca encontró aliados en su equipo. Enzo, que dejó el partido antes del final, fue aplaudido por Mestalla. La grada, generosa, olvidó su romance con River Plate. Los amores quizá se queden para el verano. Voro quiere a su capitán para pasado mañana ante el Real Madrid. Partido en el que hará falta fútbol y testosterona, y en esto último el argentino es un manual.

El Valencia realizó una primera parte muy completa. Sin fisuras. Solidario. Mangala, que se ha asentado en defensa como el mejor central del equipo, cubrió las carencias de Siqueira en el lateral izquierdo. El brasileño hace tiempo que dejó atrás su plenitud de facultades –una lesión crónica le condiciona– y por eso necesita del apoyo de sus compañeros para cerrar su banda.

Cuando el Valencia blinda la retaguardia –segundo partido con su portería a cero– arriba todo es más fácil. Nani luce más y Munir se encuentra menos incómodo como interior. El ex del Barcelona, que aterrizó en agosto para suplir a Alcácer, se ha tenido que adaptar a las necesidades del equipo. Siempre busca ir por dentro. Deformación profesional. Y no siempre le sale del todo bien.

El partido necesitaba un gol más del Valencia. Valverde se presentó en Mestalla con un equipo cansado tras el desgaste de la Europa League ante el Apoel Nicosia (3-2) y pendiente de una vuelta en Chipre de resultado incierto. En el banquillo se dejó a tipos de mucho peso y por eso, con 1-0 en el marcador, la lógica era que en la segunda parte sacara quilates al campo.

La tranquilidad la dio Zaza. Con un gol en el añadido de la primera parte tan poco ortodoxo como válido. El italiano, un futbolista prehistórico, alejado de este fútbol moderno, aprovechó un balón por dentro de Munir tras una jugada de tiralíneas del Valencia para batir a Iraizoz con un disparo de complicada definición. Un gol que vale lo mismo que cualquier otro pero en el plano individual, liberó al italiano de todos sus fantasmas. Un penalti en la Eurocopa a las nubes como una losa sobre su nombre y una etapa en el West Ham para olvidar. Ni una mueca de satisfacción, mirada fija, serio. Lloros. Demasiados recuerdos. Zaza ha llegado a Valencia para un viaje interior y para demostrar que vale los 16 millones de euros que tiene que pagar el club de Mestalla si juega diez partidos. Ahora sólo falta equilibrar el ímpetu del delantero centro, desbocado casi siempre en su esfuerzo. Sosiego en la plantilla y jolgorio en la grada. Hacía mucho tiempo que Mestalla no vivía otros tiempos que ayer volvieron. Incluso los cánticos contra el dueño fueron más hilo musical que asunto de primer orden.

Tan de cara se puso el partido desde el gol de Nani –hay que valorar el buen hacer de Voro desde el banquillo y el compromiso del once– que hasta la mala suerte se alistó en el bando bilbaíno. Valverde trató de dar mordiente con Williams y Aduriz. Un gol que provocara el temido deja vu en el Valencia. Pero la apuesta saltó por los aires cinco minutos después. Aduriz, el temido, levantó la mano tras sentir un pinchazo en el muslo. Los cambios estaban agotados y el Athletic Club se enfrentó a la remontada con uno menos. Williams la tuvo para generar dudas pero Alves estuvo de nuevo ahí. Mestalla volvió a vibrar. Maridaje reparador.