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Valencia CF

Rafael Bau, un mandato de 47 días

Rafael Bau, un mandato de 47 días
  • Accedió al cargo de forma efímera en 1936, pero tras la Guerra Civil estuvo en la directiva de Luis Casanova que logró tres Ligas y dos Copas

Valencia. La historia del Valencia no para de ofrecernos sorpresas. Hace años el silencioso trabajo de un grupo de periodistas y eruditos permitió rescatar del olvido la figura de Josep Rodríguez Tortajada, presidente del club durante los tres años de la Guerra Civil y pieza indispensable para que la institución y el fútbol valenciano mantuvieran su actividad a lo largo de los veinte primeros meses de la contienda, antes de que la guerra hiciera imposible la práctica de deporte al aire libre en la ciudad. Rodríguez Tortajada (1899-1982), de apasionante biografía solo parcialmente descrita (militante destacado del valencianismo de izquierdas durante la República, teniente de alcalde de la ciudad, presidente del club de Mestalla y posteriormente represaliado por la dictadura) tomó el timón del club en mitad de la más grave crisis que había conocido el Valencia hasta entonces y, apoyado en colaboradores como Luis Colina o Eduardo Cubells, revirtió la situación con toda la solvencia que permitía la contienda.

En los márgenes de la presidencia de Tortajada, sin embargo, se sitúan dos personajes de singular importancia para la historia del club, los cuales, oscurecidos por la legendaria figura de Luis Casanova, no han reparado la atención que merecían. Uno de ellos, Rafael Bau, ni siquiera recibe a día de hoy (como ocurrió con Tortajada antes de su reconocimiento oficial en 2010) la consideración de máximo mandatario del club a pesar de que fue elegido presidente en la última asamblea de socios celebrada antes de la Guerra Civil. Del otro, Alfredo Giménez Buesa, se ha escrito más bien poco a pesar de su decisiva intervención para relanzar al club en la década de los cuarenta. El relato histórico, truncado por la desmemoria feroz que afectó al fútbol por la contienda, vuelve a trenzarse ochenta años después para devolverlos al lugar de honor que merecen en la historia del Valencia.

Presidente olvidado

Rafael Bau García (1885-1954) fue un agente comercial dedicado profesionalmente a la representación de diferentes productos, como semillas oleaginosas (negocio que le puso en contacto en los años treinta con Luis Casanova) o el famoso insecticida Moskit. Retratado por sus contemporáneos como «hombre tan parco en palabras como rico en humanidad ejemplar», Bau era una persona dotada, además, con un innegable olfato para los negocios, lo que le propició una situación económica boyante y le hizo merecedor de un gran prestigio en la ciudad.

El ingreso de Bau en el Valencia (entonces) Football Club se produjo durante los años veinte, en pleno despegue de la entidad. El fútbol daba entonces los primeros pasos hacia su conversión en un espectáculo de masas con fuerte penetración entre la ciudadanía. El Valencia, fundado y desarrollado inicialmente por un grupo de estudiantes, recibió en esta época una aportación significativa de representantes de las capas más pudientes de la sociedad valenciana, así como de profesionales liberales y pequeños burgueses, entre los que se hallaba nuestro protagonista.

Una década después, tras el primer gran acontecimiento en la historia del Valencia (la disputa de la final copera en 1934) Bau fue elegido por los socios para ocupar una de las vacantes en la junta rectora del club. El agente comercial se integró como secretario en una directiva que reflejaba la bipolaridad política valenciana, en la que se alineaban miembros del Partido Autonomista (el presidente Adolfo Royo y Juan Ramos Chiva) y la Derecha Regional Valenciana (José María Gadea y Luis Casanova). Un año después, en la siguiente renovación de la junta, Bau trocó su cargo por el de tesorero en un momento especialmente difícil, económicamente hablando, para el club de Mestalla: el Valencia, doblemente hipotecado, tenía acreedores por todas partes y solo unos pocos centenares de pesetas en caja.

Esta angustia económica, sumada a una crisis deportiva, desembocó en una situación de interinaje absoluto tras la muerte, en marzo de 1936, del máximo mandatario del club, el arquitecto Francisco Almenar. Se había decidido entonces que el joven Casanova, presidente interino entre Royo y Almenar, ocuparía el cargo de manera provisional. El 28 de junio de 1936 sesenta socios, reunidos en asamblea en la tribuna de Mestalla, decidieron regularizar la situación y, tras sondear al propio Casanova, elevaron a la presidencia a Bau, otorgándole plenos poderes para dirigir el club. Su nombramiento fue especialmente bien recibido por la prensa: «Comprendemos (.) cuán acertados estuvieron los socios al confiar en sus manos la caña del timón de nave tan importante», escribía Santiago Carbonell, Sincerátor, en las páginas de LAS PROVINCIAS el 18 de julio, solo un día después del golpe de estado que daría comienzo a la Guerra Civil. «De su buena voluntad caben (sic) esperar muchas cosas. De sus dotes, como de su entusiasmo, los elementos complementarios suficientes para que el éxito pueda coronar sus afanes».

El paso de Bau por la presidencia duró, sin embargo, un suspiro. Exactamente cuarenta y siete días. El estallido de la guerra modificó drásticamente el panorama deportivo y el Valencia, en consonancia con lo acordado días atrás por el Espanyol, decidió forzar una incautación desde dentro, aparentemente auspiciada por Luis Colina, para evitar pillajes y problemas añadidos. Para mantener las apariencias, el comité incautador sustituyó a los directivos de ideas conservadoras por republicanos históricos y miembros del Partit Valencianista d'Esquerra. De esta manera, Bau fue apartado de la presidencia y dejó paso a Tortajada. Con esta nueva gestora, el Valencia continuó funcionando año y medio hasta el primer trimestre de 1938.

Finalizada la guerra, en 1939, Bau fue requerido por el nuevo presidente del Valencia, Alfredo Giménez Buesa, para ponerse, de nuevo, al frente de las cuentas de la entidad. Su labor se encaminó a regularizar el estado económico del Valencia partiendo del saneamiento desarrollado por Tortajada durante la guerra y valiéndose del apoyo que el club recibió del ejército para reconstruir Mestalla a coste cero. Sobre estas bases, el Valencia desarrolló el primer 'milagro alemán' de su historia, que lo llevaría, apenas unos meses después, a convertirse en el club más rico de España. El superávit amasado temporada tras temporada con Bau a cargo de la tesorería permitiría al Valencia, además de saldar sus últimas cuentas pendientes, incorporar a jugadores de la talla de Epi, Gorostiza, Eizaguirre o Lecue, entre otros, y alcanzar un potencial deportivo descomunal.

Bau permaneció en su puesto de tesorero con la llegada de Luis Casanova a la presidencia en septiembre de 1940. Junto con Colina, Ramos Chiva y Manuel Cuadrado, todos ellos directivos antes de la guerra, formó el núcleo de trabajo del gran Valencia de los cuarenta, que conquistó tres ligas y dos copas. Ascendido a vicepresidente primero en 1945, se fue apartando gradualmente de la primera línea para dar paso a directivos más jóvenes: los Pascual Gimeno, Grau o Belloch, entre otros. No obstante, su amor por el Valencia se manifestó de manera intensa hasta que un triste suceso lo apartó, definitivamente, de su gran pasión. Durante un partido en Mestalla, Bau sufrió, como Vicente Peris veinte años después, un ataque al corazón. Su salud, minada a raíz de la afección cardíaca, se resquebrajó dramáticamente a partir de entonces.

Rafael Bau falleció en su domicilio de la avenida José Antonio, a escasos metros de la sede del Valencia CF, el 2 de marzo de 1954. Su sepelio constituyó una sentida manifestación de duelo. Con él desaparecía un hombre que había dedicado treinta años de su vida al club, que fue «prototipo del directivo silencioso, el consejero eficaz, el amigo oportuno y el hombre que tenía siempre su cuenta corriente particular al servicio del Valencia», tal y como lo definió José Manuel Hernández Perpiñá. Nadie recordó entonces, sin embargo, su fugaz paso por la presidencia del Valencia en el turbulento verano de 1936. Ha llegado, de una vez por todas, el momento de hacerlo.

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