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EL TÚNEL DEL TIEMPO

Luis Aragonés y su adiós al Valencia CF

Aragonés, seguido de Paredes, el día de su adiós al Valencia. :: juanjo monzó
Aragonés, seguido de Paredes, el día de su adiós al Valencia. :: juanjo monzó
  • Una noche de noviembre de 1996 se escenificó la marcha del entrenador

Se veía venir. La cuerda estaba demasiado tensa. En una esquina del cuadrilátero Paco Roig y en la otra Luis Aragonés. Dos gallos cara a cara. Han pasado veinte años de su ruptura. Una noche de noviembre de 1996 se escenificó la marcha del entrenador. Sucedió en Mestalla a la conclusión del partido entre el Valencia y el Besiktas correspondiente a la Copa de la UEFA. Los locales se impusieron por 3-1. Hubo un detalle del encuentro que anticipó el desenlace, fue toda una revelación. El defensa Patxi Ferreira batió al portero turco y, a renglón seguido, partió como una exhalación hacia el banquillo local para fundirse en un emotivo abrazo con el entrenador de Hortaleza. Una dedicatoria excesiva que transmitía a los presentes un mensaje de profundo significado. Al acabar el encuentro Luis confirmó su marcha de la dirección técnica. En realidad, unos meses antes, en el arranque de la temporada 96-97, la dimisión del entrenador estaba servida aunque Zubizarreta y otros pesos pesados del vestuario lograron frenarla, pero era tan solo cuestión de tiempo. La relación entre el máximo mandatario del club y el entrenador se había deteriorado y no había posibilidad de arreglo. Romario aparecía como la espoleta, pero las causas eran mucho más profundas.

Luis proporcionó al valencianismo momentos memorables y una temporada increíble. Aquel equipo se quedó a las puertas de la gloria pero fue capaz de luchar hasta el final para ser campeón. La campaña 95-96 ha sido una de las más largas de la historia porque en Primera División compitieron 22 equipos tras la chapuza del descenso administrativo no consumado del Celta y del Sevilla. Aquel fue el primer ejercicio en el que la victoria se premiaba con 3 puntos y también en el primero en que el Valencia adoptó el pantalón de color negro como parte de su indumentaria oficial. Los valencianistas disputaron 50 partidos oficiales entre Liga y la Copa del Rey, torneo en el que alcanzaron las semifinales. El Atlético de Madrid, el club principal en la vida de Luis Aragonés, se convirtió en su bestia negra, puesto que les impidió cantar el alirón en los dos torneos. Una de las curiosidades de aquellos duelos entre ambos conjuntos fue que el Valencia venció en sus dos visitas al Calderón mientras que los colchoneros se impusieron también por partida doble en Mestalla.

Luis armó un gran equipo capaz de resistir el ritmo de los atléticos y de llegar a la última jornada con posibilidades matemáticas de conquistar el título. Aquella fue la mejor temporada de un inconmensurable Pedja Mijatovic y la última magistral de Fernando Gómez Colomer. La reconversión de Otero en central acompañando a un imponente Camarasa y a un expeditivo Ferreira más la aportación de Engonga, Poyatos y Mazinho en la sala de máquinas junto a la regularidad de Zubi en la portería fueron los mimbres para crear una columna vertebral de enormes prestaciones. Hubo otros actores secundarios como Mendieta, Viola, Romero y Gálvez cuya aportación resultó decisiva. El Valencia fue creciendo a medida que avanzaba la temporada y pronto empezó a transmitir excelentes sensaciones. Prueba de su potencial fueron las goleadas conseguidas en Mestalla ante el Real Madrid y el Barça, con quienes empató en sus visitas al Camp Nou y Bernabéu. Se trataba de un equipo ambicioso y convencido de sus posibilidades al que Luis Aragonés dotó de un espíritu inconformista que mereció tener mejor suerte en momentos cruciales.

Después de un año de pacífica convivencia, el artífice de aquella excelente escuadra había perdido la sintonía con el ideólogo del proyecto. Paco Roig había prometido a la afición un Valencia campeón y a punto estuvo de lograrlo. Su primera elección para el banquillo fue Carlos Alberto Parreira, un técnico de prestigio pero que no se ajustaba al perfil ni por aproximación. Aquel error se subsanó con Luis Aragonés que, por el contrario, encajaba a la perfección en aquel contexto. Su fuerte personalidad, la independencia que exhibía y la experiencia contrastada en todo tipo de situaciones, le convertían en el contrapeso ideal para equilibrar las urgencias del presidente. El verano del 96 se presentó borrascoso. La traumática pérdida de Mijatovic fue compensada con la deseada llegada de Romario acompañado de otros refuerzos de postín en la delantera: Karpin, Vlaovic y Claudio López.

Pero el ambiente estaba enrarecido. Luis se jugó un órdago considerable en vísperas de recibir al Bayern de Munich en el debut europeo cuando dejó a la estrella brasileña fuera de la convocatoria. Los alemanes, vigentes campeones, tampoco daban crédito, pero la jugada salió redonda y el Valencia se impuso por 3-0 y encarriló la eliminatoria a su favor. Paco Roig se mordió la lengua ante la evidencia. Sin embargo, la marcha del equipo en la Liga era mala, nada que ver con la campaña precedente. Con este panorama, y conociendo a los actores de la historia, se veía venir el final antes de Navidad. Luis no estaba a gusto, había perdido motivación, Paco Roig tampoco creía ya en el entrenador, el epílogo estaba servido. Así terminó la historia en Valencia del hombre que años después fue capaz de cambiar la historia del fútbol español.

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