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Victoria como punto de partida

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/ MANUEL MOLINES.

  • El Valencia, con un juego plagado de dudas, deja de ser el colista de la Liga

El Valencia CF ayer se liberó. De sus condenas. Tres puntos para inaugurar el casillero. Para dejar el último puesto de la tabla. La losa que enterraba los deseos de un equipo sin alma. Parejo selló los tres puntos al transformar un penalti que Marcos Llorente hizo a Bakkali. A cinco minutos del final. Cuando de nuevo la angustia parecía que iba a escribir el epitafio de otro partido en el que un punto era como el mal menor. El debate no está en si el Valencia mereció o no los tres puntos. Los sesudos análisis quedarán para días venideros. Voro volvió a ser talismán. Una nueva victoria para un hombre de club. De esos que sí que son cultura. El equipo quizá ayer tuvo la suerte que no se alió con Pako Ayestarán.

Una vez exprimida la victoria no hay que mirar a otro lado sobre cuál es la radiografía de una plantilla tan voluntariosa como descompensada. El técnico que acepte rubricar el contrato como nuevo entrenador del Valencia tiene una labor que va más allá de una disposición táctica. Primero tendrá que hacer de psicólogo para fortalecer la mentalidad de futbolistas bloqueados por el miedo a perder. Después tendrá que idear una propuesta de juego que al menos enlace con la lógica y encadene el abecé del fútbol. Y en tercer lugar, quizá lo más difícil, equilibrar un once con una sobredosis de lagunas provocadas por la errónea planificación de la pretemporada. Es complicado ganar partidos cuando rematar a portería parece una misión imposible. Ayer, un último tramo con corazón maquilló la escasez de recursos. El Alavés estuvo a punto de pescar en Mestalla.

El Valencia de Voro compareció con un sistema calcado al de Pako Ayestarán. La fidelidad al 1-4-3-3 por encima del nombre del entrenador. Un trivote en el centro del campo y tres arriba en carrusel. Cambiaron de posición algunas piezas pero el espíritu fue el mismo. Los del medio trabados por sus propios fantasmas y el tiovivo de delanteros con mucha movilidad pero sin capacidad de definición. Pellegrino dibujó dos líneas de cuatro muy juntas -Toquero ejercía de otro defensa más- y la anarquía de Deyverson arriba trató de anudar las piernas de la pareja de centrales más inconsistente de la Liga. Aderllan Santos más que un defensa es un buldócer que atropella sin piedad hasta a sus propios compañeros. El brasileño es el antifútbol. Mangala ya tiene bastante con sobrevivir. La falta de recursos con el balón la suplen a golpetazo limpio.

Entre esa tela de araña tejida por Pellegrino para desquiciar al Valencia, sobresalió Llorente -hijo de Paco Llorente y sobrino nieto de Gento- que con veinte años se echó a su equipo a la espalda con un dominio del balón soberbio. Un futbolista brillante con recorrido si mantiene el patrón. Junto a él, el colombiano Dani Torres. Entre los dos engulleron el centro del campo del Valencia. Los vascos, en un encuentro trastabillado, empezaron a asomar la cabeza con peligro y a dominar el juego.

Cuando el partido empezaba a ser un ovillo apareció la suerte para desenredar la madeja. Un centro con rosca de Gayà que buscaba la cabeza de Munir fue rematado de manera impecable por Laguardia. Un tanto en propia puerta que desatascó al Valencia en lo que hasta ese momento había sido un partido más propio de un recreo. Los de Voro comparecieron aturrullados. La urgencia por puntuar nunca casa con la pausa para escoger la mejor opción. Los balones circulan de banda a banda por la ronda de circunvalación del centro del campo pero sin la claridad para poner una pelota de remate franco a gol. Voro optó por la lógica. Munir, que para eso vino, de delantero centro. El problema es que en la primera parte no disparó ni una vez a puerta. El atasco en la segunda línea era evidente.

El gol no dio pausa. La misma canción. El Valencia no supo jugar en ventaja. Nervioso. El Alavés a lo suyo. Con Marcos Llorente como el eje que movía a su equipo. Mangala salvó una oportunidad clara al filo del descanso. El balón al córner. Del saque de esquina salió el tantode Toquero de cabeza. Un futbolista con sabor añejo. De esas leyendas que quedarán para el imaginario colectivo como el Tato Abadía o ‘Beckenbauer’ Carmelo. Otro gol a balón parado. Como el primero de Aduriz en San Mamés. Con errores encadenados en el marcaje y Diego Alves colgado del larguero.

El partido se situó en el punto que nadie quería, en un manojo de nervios. Voro movió el banquillo en el descanso para sacar a Mina. El poco peligro que genera el Valencia siempre está en las botas del gallego. El fútbol, si es que existió, anduvo atropellado. Con un desgaste físico en carrera y muy poco criterio en el manejo del balón. Montoya y Gayà fueron los únicos que dieron sentido a un sistema que mutó para ganar. Y Enzo Pérez, con el paso de los minutos, asomó la cabeza para aportar lo que se le exige a un capitán. El Alavés, que seguía pivotando sobre el partidazo que se marcó el niño Llorente, buscaba las contras con descaro. Pellegrino ordenó hurgar entre las debilidades de la pareja de centrales. El Valencia tuvo la suerte de que la anarquía de Deyverson fue una aliada.

Mina empezó a cogerle gusto al partido. Medrán tuvo una clara que mandó alta y el árbitro se comió un manotazo de Alexis a Munir. En ese ida y vuelta entró Bakkali, un ‘motoret’ idóneo para revolucionar partidos. El belga, entre tanto zigzag, cayó en el área zancadilleado por Llorente. Claro. Marcó Parejo para sellar los tres puntos y reconciliarse por enésima vez con la afición de Mestalla. Victoria y alivio para la grada, la plantilla y la directiva. Ahora a esperar al nuevo entrenador, que llega con la obligación de dar sosiego y encadenar una plantilla deslavazada.