Canal del Valencia

Pasaban 25 minutos de la medianoche. Mestalla, vacío, casi a media luz. Ni un alma, salvo las señoras que adecentaban el palco vip y apenas media docena de personas abajo, en el vestuario del Valencia. Sus puertas, de par en par. Tras recoger las pertenencias, sale del interior Unai Emery. Ordenador colgado del hombro y con la otra mano tirando de su trolley. Se deshace de ambas cosas y se funde en un larguísimo y emotivo abrazo con un Españeta camino de cumplir 50 años en el club. «Vale, vale, que os vais a ver el martes», dice el director de comunicación, Damià Vidagany.
Emery había dado su última rueda de prensa postpartido en Mestalla. Se desenvolvía entre el bajón y la emoción. El bajón que provoca la tensión acumulada, una vez logrado el objetivo, y la emoción de recorrer las instalaciones por última vez. Cuando el árbitro señaló el final del partido, Unai desapareció por el túnel. Con los futbolistas despidiéndose de su afición, Soldado y Vidagany lo sacaron al césped. Aplaudió al público y volvió a esfumarse.
En el vestuario, Emery felicitó uno por uno a todos los empleados que han trabajado codo con codo junto a él: utilleros, médicos, fisios... Todos tuvieron un abrazo que anticipaba al mismo tiempo la despedida. En el santuario del equipo surgieron también las bromas. «Ahora, con los rusos», le dijeron en varias ocasiones a Unai. La noticia de su marcha al Spartak moscovita, adelantada por LAS PROVINCIAS, había corrido como la pólvora. Sólo los más íntimos del técnico lo conocían. Recibió la felicitación de todos sus colaboradores directos.
Volviendo a la madrugada, a las puertas del vestuario, antes de marcharse Unai aún tuvo tiempo para hacerse unas fotos junto a Eva, esposa de Voro, las hijas del matrimonio y unas amigas. Tras ello, el entrenador, el delegado, el empleado Fernando Valls y Vidagany abandonaron Mestalla, camino del hotel de concentración del Valencia, donde se encontraban los vehículos particulares de cada uno de ellos.
Al salir del estadio, sorpresa. Una treintena de aficionados aguardaba la salida del entrenador, portando una pancarta con la que le demostraban su cariño y agradecimiento por el trabajo realizado en los cuatro años que ha permanecido al frente del Valencia.
Por fin, Unai Emery pudo marcharse. Salir a la calle fue una liberación para él. Necesitaba otra temperatura que le ayudara a digerir un buen número de emociones que había vivido en un corto espacio de tiempo. Necesitaba, sobre todo, liberar tensión. Y reunirse con Luisa y Lander, su esposa y su hijo, habituales en Mestalla, con los que todavía no se había reencontrado.
Asegurado el tercer puesto del Valencia, a Unai le vendrán de perlas los dos días de descanso concedidos. Hasta mañana no volverá a entrenarse la plantilla. Y el regreso al trabajo será más relajado. Como el último encuentro de Liga, en el que los puntos ya no darán o quitarán nada.
Unai Emery dispone ya de total libertad para reunirse con los dos emisarios del Spartak de Moscú; el director deportivo, Dimitri Popov, y el director general, Leonid Fedun, quienes se desplazaron a España para cerrar el compromiso con el entrenador del Valencia.
Es probable que a estas horas Unai sea ya el nuevo entrenador del Spartak para las dos próximas temporadas. El entrenador del Valencia percibirá más de dos millones y medio de euros por cada una de ellas, con lo que dobla con creces la cantidad que ha percibido en el conjunto de Mestalla.
Con su marcha, Emery deja el listón alto para su sucesor. El entrenador vasco, al margen de gustos, ha clasificado al Valencia tercero en las tres últimas campañas. Cierto que a mucha distancia, quizá demasiada, de los dos transatlánticos, pero tiene su mérito. No hay más que ver lo que en el mencionado trienio les ha sucedido a clubes como Atlético, Sevilla, Athletic o el mismo Villarreal. Ninguno de ellos ha mantenido la regularidad del equipo valenciano. Al margen de su nivel como técnico, de Unai Emery persona sólo se pueden destacar virtudes. Es un tío noble, sin dobleces, cercano y de los que gana en las distancias cortas. Un puro nervio, capaz de vivir con la máxima intensidad cuanto hace.
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