Canal del Valencia

En el mundo del deporte, y en la vida en general, es posible caer de muchas formas. Proyectos a los que has puesto toda tu alma se pueden ir al cajón de los sueños por cumplir. En el Calderón el Valencia escogió caer de rodillas. Anoche, en Mestalla, su afición lo hizo de pie. Siempre con la certeza de que de aquella humillante derrota vino la decepción. Pero las lágrimas que se vertieron a una hora de esta pasada medianoche fueron de orgullo. Ese es el camino para el futuro del club; la lección de la que no disfrutará, si se cumple el guión, el actual inquilino del banquillo. El Valencia no estará en Bucarest, pero su afición se marchó con la cabeza bien alta a casa. Dio toda una lección de cómo se anima en una previa y en un partido donde se busca una remontada. Y una lección de cómo se encaja una derrota. Si la Real Senyera se baja cada 9 d'Octubre desde el balcón del Ayuntamiento porque no puede inclinarse ante nadie, ayer cada valencianista hizo suyo el símbolo.
La noche en que Emery afrontó el partido más importante de su vida comprobó que Mestalla nunca falla. Ese sentimiento que durante casi un siglo ha ido pasando de padres a hijos, y que ha perdurado generación tras generación, se palpó en el viejo templo de la avenida de Suecia. Porque hay acontecimientos que no pueden describirlos las palabras. Son postales que quedan en la retina para siempre. Desde el más pequeño, ataviado con su camiseta de la Senyera y que con la boca abierta contemplaba el colorido, hasta el más mayor que no dudó en hacer una foto con un teléfono de última generación. La ocasión lo merecía. Los jugadores aparecieron por las escaleras de acceso al terreno de juego y los once titulares del Valencia, de blanco y negro impoluto, levantaron los ojos al horizonte de la Grada de la Mar. En ella, un lema que llegó al corazón: 'Orgull'. Ese orgullo que llevó a miles de valencianistas a sacar su mejor camiseta, la bufanda más especial y el sueño de vivir una velada mágica.
La afición se mimetizó con el Valencia. En cada jugada, en cada gesto, en cada acción. Fue como si Canales, Jonas o Soldado jugaran el partido delante de un espejo. Si uno de ellos sufría porque un pase no encontraba al compañero, un abonado de la primera fila se levantaba con las manos en la cabeza, desesperado. Y cuando de las botas de Feghouli salió el primer misil con destino a Bucarest que Jonas, tras el rechace de Courtois, mandó al lateral de la red, miles de gargantas cantaron el gol que no entró.
También hubo coordinación en los brazos levantados. Los de Soldado y los de miles de seguidores que pidieron dos penaltis sobre Canales, pero el colegiado Damir Skomina no estaba por la labor de pitar ninguno. Daba igual, era la noche del alma. Nadie iba a desfallecer por una ocasión perdida. Hacía años que Mestalla no vivía un partido con tanta intensidad y eso llegó al césped, aunque no se contagió en su totalidad.
Y esos nervios accedieron a la grada. Varios seguidores del Atlético de Madrid fueron realojados de la zona de tribuna porque el cruce de gestos con los miembros de la Curva Nord empezó a ser preocupante. En estos casos, más vale prevenir que curar. Los goles no llegaron en la primera parte y el lamento de Roberto Soldado, que se quedó tumbado unos segundos tras el pitido del final de la primera parte, simbolizó el sentimiento de la grada de Mestalla. Muchos ni abrieron el bocadillo preparado para el descanso. La angustia y los nervios, hasta en el deporte, quitan el hambre a cualquiera. Unos nervios que también se repartieron en el palco. Preocupación en los gestos de Santiago Cañizares o Juan Roig. Una sonrisa nerviosa en Gonzalo Miró, un reconocido seguidor del Atlético de Madrid, y una mirada neutra en Ángel María Villar. Aunque, las cosas como son, es cierto que el presidente de la Federación Española de Fútbol era de los pocos que iba a marcharse de Mestalla con la misma sensación... con un equipo español visitando el mes que viene la capital de Rumanía.
Y comenzó la segunda parte. Y con ella ese implacable e invisible reloj de arena que iba marcando que los minutos pasaban y que los dos goles necesarios no llegaban. «Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer. Ella se irá para siempre cuando amanezca otra vez». El famoso bolero se convirtió en un doloroso presagio. Pero esta vez no hizo falta que llegara el amanecer. Los sueños se desvanecieron antes de la medianoche. Como en el cuento de la cenicienta que nuestra madre nos recitaba cada noche. Porque la vida es sueño, y el de la final de la Europa League se quedó en 'sueños son'.
Unos sueños que traspasaron las gradas. Porque el valencianismo no se reduce a sus socios y a todo aquel que puede permitirse el lujo de comprarse una entrada. En los bares colindantes al campo, cientos de corazones sufrieron junto a sus compañeros del otro lado de la fachada principal. Esa que, silenciosa, sabe que con el paso de los años se puede ganar o perder un partido, pero el escudo siempre coronará su estructura. Un sentimiento no se mide por victorias o derrotas. Se siente y punto. Por eso, con su equipo a media hora de quedar eliminado, todo Mestalla se levantó para aplaudir sin descanso a un Canales que se volvió a marchar en camilla. Y con una manta cubriendo su cara para que no se le vieran las lágrimas. Al final hubo protestas. Lógicas, porque la lección de la semifinal que acabó anoche es que la afición estuvo muy por encima de sus jugadores. Una evidencia para reflexionar.
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