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DESDE EL MIRADOR
5 de agosto de 2010
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KIKE MATEU.-

Tengo tantas cosas que contar y tan poco espacio que asuntos como el nuevo Valencia, el 4-3-3 que intenta sin éxito utilizar Emery desde que llegó al club, o el nulo tacto de Llorente con Juan Mata tendrán que esperar a otro jueves. Prefiero hablar de Carlos Marchena. Esta semana se ha hecho oficial su traspaso al Villarreal, y su salida me hace recordar que luces y sombras han acompañado por igual al defensa sevillano en sus nueve años en el club.

Yo en el césped lo recordaré sin reproches. Pese a que en la última temporada no ha estado a su mejor nivel, Marchena siempre será para mí ese jugador inteligente, implicado, y a veces bronco y teatrero, que todos queremos en nuestro equipo, pero que odian jugadores y aficiones contrarias.

Cuando arranque la liga y se produzca una tangana mas o menos virulenta, echaremos de menos que por allí no aparezca el teniente coronel Marchena, con el tricornio en la cabeza, poniendo orden en mitad de la trifulca. O desorden, según demandara la ocasión.

Probablemente pase a la historia del Valencia como el jugador mas laureado en noventa años por sus títulos en el club y con la selección. Indiscutible argumento. Ese Marchena se ganó el brazalete de la senyera, y mi respeto desde la grada.

Pero hay otro que también recordaré. Uno que abandonó cruelmente a tres compañeros de vestuario cuando el alineador -que no entrenador- decidió hundir sus carreras por capricho del amo Soler. Algunos como Villa, Vicente o Joaquín, se jugaron el pellejo saliendo públicamente a denunciar el exterminio futbolístico de Albelda, Ángulo y Cañizares. Mientras, el entonces nombrado por Koeman nuevo capitán -y algún traicionero más- decidieron colocarse al calentito sol del poder, para ver desde la barrera las mortales cornadas. Compró el brazalete, y miró para otro lado.

Marchena ganó estrellas en esa batalla, pero perdió otra guerra. En su despedida de Valencia, solo dos compañeros estuvieron presentes. Uno fue expresamente, y el otro pasaba por allí. Se va un gran jugador. Pero capitán de algunos, mientras afilaba el garfio para otros.

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