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Valencia-Málaga (1-0)
El apurado triunfo en Mestalla es oro puro para el Valencia, que ya tiene ocho puntos sobre el Sevilla Un solitario gol de Villa y la endeblez del Málaga son suficientes para ganar un encuentro sin brillo
25 de marzo de 2010
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Una pachanga de Champions
David Villa lucha con los malaguistas Orozco y Manolo Gaspar por un balón aéreo durante el partido de anoche. :: JUAN NAVARRO
JOAQUÍN BALLESTA jballesta@lasprovincias.es.-

La presencia del Valencia en la próxima edición de la Champions está más cerca desde anoche. La pírrica victoria conseguida, acompañada de un mal juego y menos claridad, sirve para dejar el quinto puesto de la clasificación a ocho puntos de distancia. No está nada mal. El gol de Villa, a los 13 minutos de juego, fue más que suficiente para amarrar tres puntos muy necesarios para los de Emery. Cerrar con seis, es decir, con pleno, los dos encuentros consecutivos disputados en Mestalla era el objetivo. Y se consiguió.

Hay que olvidarse de lo del fondo y la forma. Aceptar una vez más que el fin sí que justifica los medios, aunque estos fueron tremendamente malos. El análisis se agrava todavía más, desde la perspectiva valencianista, porque los de Emery tuvieron enfrente a un equipito modesto, con problemas y con bajas que, desde antes de salir de Málaga, ya había tirado el choque. Su única aspiración era recuperar jugadores para su próximo compromiso en La Rosaleda, donde se jugará parte de la permanencia.

El hecho puntual de que el Valencia también sufre ausencias no vale como excusa al mal juego de ayer, teniendo en cuenta el oponente de turno. Muñiz no se trajo a Valencia a Toribio, Gámez, Benachour o Duda, habituales en sus alineaciones. Y dejó en el banquillo de salida a Fernando, Apoño, M'tiliga... Con todo y con eso, a poquito que le hubiera acompañado la fortuna habría rascado un puntito.

El Valencia jugó con fuego durante muchos minutos. El 1-0 era moverse sobre el filo de la navaja. Y así anduvo hasta el final del partido. Por momentos se recordó que le podía suceder lo que al Sevilla un día antes, cuando el Xerez le birló dos puntos en el último suspiro. En Mestalla, hubo fortuna.

El madrugador gol de Villa y la alineación con que apareció el Málaga sobre el césped hicieron que muchos aficionados se frotaran las manos. La goleada sobrevoló las gradas de Mestalla. Nos vamos a divertir, pensó la mayoría. Nada más lejos de la realidad. Con la mínima ventaja se llegó a un intermedio que se agradeció. Fue un primer periodo muy pobre en fútbol, con escasa lucidez en un Valencia cuyos jugadores, principalmente los atacantes, se estrellaron una vez tras otra en la muralla visitante.

En el primer error defensivo del conjunto malagueño llegó el tanto de Villa, poco menos que a placer. La zaga se hizo un lío al tirar el fuera de juego, se confió en exceso, y la viveza de Mata le dejó con las vergüenzas al aire. Entró desde atrás, en posición correcta, y sirvió al Guaje para que este empujara el balón hasta la red forastera.

Mientras se gestó el gol se produjo la lesión de Miguel. Una más. La enésima. Entró Dealbert para ubicarse en el centro de la defensa y Alexis pasó al lateral diestro. Fue la primera de una serie de incidencias que, una tras otra, rompieron el ritmo. Villa generó alarma tras una caída en mala posición; quedó en el susto. El Málaga perdió a Obinna, también por lesión y hasta Clos Gómez, el árbitro, se sumó a la lista de bajas. Fue atendido y consiguió llegar hasta el descanso, pero no salió para dirigir la segunda mitad. Un problema muscular le obligó a dar la alternativa a su colega Moratilla Dionisio.

A todo esto, de fútbol, lo mínimo. La cordura de Baraja, la intermitencia de Banega, cuatro detalles de Silva y las correrías de Villa. Nada más. El Pipo y el Guaje pudieron aumentar la cuenta y, en el tramo final, Jordi Alba probó fortuna desde fuera del área con la derecha, pero el meta Munúa respondió con su mejor intervención para desviar el cuero a córner. El Málaga, por medio de Baha, tuvo su ocasión, muy clara, desperdiciándola.

Tras el descanso, no mejoró el panorama. Los primeros 20 minutos, como ha sucedido en tantas y tantas ocasiones, fueron de 'torrija' de los de Emery. Querer y no poder. Atascados. Sin lucidez. Y no por estar acostumbrados a ello, el público lo aceptó. Expresó sus quejas.

Muñiz, que ya había metido en el campo a Apoño, dio entrada después a Fernando. Y el Málaga, poquito a poco, viendo que el Valencia no asustaba a nadie, se hizo el ánimo de ir para arriba. Con sus limitaciones, pero con ganas. Y en el minuto 66, en plena desesperación de la parroquia, César, cómo no, salvó el empate. Caicedo metió la punta de la bota tras un centro desde la banda derecha y el veterano portero volvió a demostrar el dulce momento por el que atraviesa.

El pitido final se hizo eterno por varios motivos. Uno, porque el Valencia se mostraba impotente para sentenciar y la ventaja mínima era un riesgo demasiado alto. Otro, porque al cuarto árbitro le vino muy grande ejercer de principal. Abortó una jugada de ataque local -que acabó en gol de Silva-, señalando una falta previa inexistente; después, perdonó la expulsión a Caicedo, al que sólo amonestó tras una alevosa y peligrosa entrada por detrás a Fernandes.

Los nervios finales los pudo evitar Silva, de haber metido el balón en la portería del Málaga a los 78 minutos, pero llegó al remate en carrera, lo cual le impidió precisar el golpeo.

En resumen, más sufrimiento del esperado. Emery aludió en la víspera a las dificultades de encontrar la motivación necesaria para afrontar el encuentro de ayer, y no le faltó razón. Su equipo fue una quimera en muchas fases del partido. Y lo pudo pagar caro.

De medio campo hacia adelante faltó inspiración. Detrás, todavía peor. La improvisada zaga fue una lágrima, más aún después de la lesión de Miguel. Jordi Alba protagonizó la nota positiva. Sigue creciendo. Algo es algo.

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