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Valencia-Cf
Fácil triunfo ante un débil Valladolid que debió salir goleado el día del debut del Chori en Mestalla
7 de febrero de 2010
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JOAQUÍN BALLESTA jballesta@lasprovincias.es.-

El 'Chori' Domínguez por fin debutó en Mestalla. Tuvo que ser a petición del público y, como en los toros, Emery, que presidió el festejo, accedió a complacer al tendido. El futbolista argentino había disfrutado de sus primeros minutos en La Coruña y Jerez. A domicilio. Nunca hasta ayer se le vio en casa. Y dejó muestras de ser un jugador muy aprovechable.

Se acercaba el minuto 69. Emery había dado la orden. El Chori se preparó. Se quitó el anillo, lo besó y se lo entregó a Pepito Santos. Enseguida, cogió una botella de agua, se mojó los cabellos -también fueron ganas- y saltó al terreno de juego para sustituir a Pablo Hernández. Domínguez se fue a la banda abandonada por el castellonense, pero apenas duró unos minutos en dicha demarcación. Se fue al centro del campo.

No es un jugador de banda, algo que ya sabíamos. Necesita espacios, terreno por delante para encarar, apoyarse en los compañeros, tirar paredes, servir y también rematar a portería. Lo tiene claro. Se ubicó bien, disfrutó e hizo disfrutar a los espectadores que habían reclamado su presencia, dejando una más que aceptable tarjeta de presentación ante sus incondicionales.

Su debut en Mestalla vino a mostrar, como complemento, que a Unai Emery le va la marcha, la presión de la grada, que no le afecta. Pero le gusta. Pablo Hernández no anda fino, todavía no ha recuperado el nivel que mostró antes de la lesión, y la permuta con el argentino estaba cantada. Tanto como comentada en la tribuna. El técnico, sin embargo, dilató el cambio y tuvo que escuchar como la gente lo demandó: "¡Chori, Chori!", gritaba Mestalla. Y el jefe del espectáculo se mostró complaciente. Sacó el pañuelo y el Chori a jugar.

Adivinar lo que pasa por la cabeza de Unai Emery es toda una quimera. Imposible de acertar con el partido en marcha, de ahí que otro de los cambios realizados, la entrada en juego de Baraja, volvió a dejar una incógnita flotando en el ambiente. Nunca sabremos si lo hizo porque estaba convencido de que era necesario en ese momento del encuentro o por la movida prepartido con las manifestaciones del futbolista asegurando que se siente desaprovechado. Porque lo de alinearlo ante su ex equipo no cuela. Son las cosas de Emery.

Y Baraja, que dispuso de los últimos veinte minutos, acusó la inactividad, algo que no debe sorprender. Y empezó bien. Controlando, parando y desplazando el cuero como él sabe hacerlo. Luego fue evidente que le falta ritmo, lo que no significa que no pueda seguir aportando cosas a este equipo.

Porque el Valencia ganó y ganó bien. Quiero decir con justicia. No con buen juego, que sólo lo hubo a ráfagas, bajo la dirección de Banega. Lo tuvo tan fácil, que ni siquiera la aciaga noche de los 'pequeños' puso nunca en peligro el desenlace final. La victoria era un hecho y, de haber habido claridad y puntería en los valencianistas, el flojito Valladolid se hubiera marchado para casa con un saco. Con una goleada de las que requieren portada en todos los periódicos.

El primer acto llegó incluso a ser aburrido, a pesar de los goles, de la abrumadora superioridad de los locales, del favorable marcador y de la calma chicha que inundaba el juego y el ambiente. El relax fue total, ante la facilidad con que los de Emery llegaban a la portería de un rival exageradamente inoperante. Un Valladolid en el que Onésimo va a tener que trabajar a destajo para conseguir una permanencia que, por lo visto en Mestalla, tiene más que complicada.

El Valencia ganó sin despeinarse. El único sobresalto llegó con la prematura lesión de David Navarro, muscular, la cual le hará perderse los próximos partidos. Pero en la primera aproximación al área visitante, Banega ya abrió la lata. Justo en la frontal, tuvo tiempo de recibir, controlar y posicionarse para el remate, ante la pasividad de los jugadores de Pucela, a los que les faltó aplaudir el tanto del argentino.

Fue un gol muy similar al primero que hizo con la camiseta del Valencia. Pegándole con fe, que era algo de lo que Banega había adolecido en sus primeras comparecencias. Ahora lo hace. Y marca. Dos tantos parecidos que le van a otorgar mayor confianza. Con ella, se atreverá a hacer más cosas para acabar de moldear al futbolista que lleva dentro y que crece en cada encuentro que disputa.

De sus botas partieron los mejores desplazamientos del balón hacia sus compañeros. Varios de ellos con cuajo y sentido para que las acciones terminaran en gol. Sólo Villa supo aprovechar el servicio del argentino para marcar el segundo de la tarde, antes del descanso, y dejar todo visto para sentencia, a pesar de que la diferencia no era abultada, en el marcador obviamente, aunque sí entre un equipo y el otro. Visto lo que había sobre el terreno de juego, el choque estaba ganado.

El gol de Banega, el primero, llegó cuando sólo habían transcurrido ocho minutos de juego y, a partir de ahí, lo que se vio hasta el descanso fue una sucesión interminable de oportunidades para el Valencia. Lástima que casi todas se desaprovecharon, por unos motivos u otros. Mata, Silva y Villa, todos ellos por partida doble, gozaron de opciones de gol de las que no suelen desperdiciar. Hasta el Guaje estuvo poco lúcido, como quedó patente al filo del descanso. Balón en profundidad, cómo no de Banega, el asturiano, solo, encaró al meta pucelano y, de manera incomprensible, golpeó mal y lanzó fuera. Nadie dio crédito.

A todo esto, David Albelda ofreció otro recital de lucha, ubicación y, como consecuencia de ello, acierto máximo en favor de su equipo. Está en un estado físico y de forma impresionante. Máximo equilibrio. Se ganó el descanso que le dio su entrenador a veinte minutos para el final.

Entre el de la Pobla Llarga y Banega se hicieron dueños del centro del campo. Ni Lázaro ni Borja los vieron. Lástima que los que nunca fallan lo hicieran ayer. Y con reiteración. Mata, bien en lo físico, estuvo mentalmente obstruido. Si le pilla el día bueno, se va a casa con algo más que un hat-trick. Porque después del descanso, el recital de oportunidades se amplio. Y, como antes, se volvió a fallar en exceso.

El Valencia vio el partido tan fácil, cerrado, que se dedicó a tocar, dejando que avanzara el reloj. El trabajo estaba hecho. Onésimo había dado entrada a Pelé, al que colocó como medio centro, pasando Borja a la derecha. En punta, tan solo Diego Costa. Después metió en liza a Bueno. Y a Keko. Ni los cambios, ni las permutas de posiciones que llevaron a cabo los visitantes sirvieron de nada.

Tan solo el estilete Costa dio muestras de saber lo que hay que hacer en un campo de fútbol, de poseer nivel suficiente como para inquietar a una buena defensa. Pero estuvo demasiado solo. Era él contra todos. Y, aunque llevó peligro, acabó fundido y sin fuerzas para seguir corriendo.

A todo esto, en el Valencia volvió Dealbert. Y se le vio igual que cuando Emery le sacó del equipo. Muy bien. Atento, concentrado, valiente y anticipándose siempre a las acciones de sus rivales. Hay que congratularse porque el chaval no se hundiera. Posee la fortaleza mental necesaria para volver al equipo en perfecto estado. Con sus limitaciones, pero con una serie de virtudes que le ayudan a suplirlas.

En el segundo periodo, con la entrada en el campo de Baraja, el Valencia utilizó por primera vez una nueva pareja de medio centros: el vallisoletano y Banega. Para entonces, los de Emery salían a oleadas, con el Chori, Silva, Villa y Mata revolucionados, y se repitió la historia. Una ocasión de gol tras otra, todas falladas. El más cercano al cúlmen fue Villa, llevando el balón al poste.

Al final, todos contentos. Del Horno, que fue silbado, no marcó en una ocasión clarísima. Jugó el Chori, Baraja, se ganó y únicamente cabe lamentar la lesión de David Navarro, en el peor momento para el valenciano, que estaba pletórico. Tres puntitos más.

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