
Juan Soler soñó con un Valencia estratosférico para 2009. A día de hoy el club debería estar, cuanto menos, siguiendo la estela de los grandes de España y de Europa. La entidad de Mestalla sería una máquina de hacer dinero, algo así como una gallina de los huevos de oro. Pero actualmente el ave se encuentra malherida, incapaz de incubar el metal precioso prometido y necesitada de un alimento (gastos) que a duras penas se puede pagar.
El constructor creó un castillo con material de primera calidad. Al menos eso pensó Juan Soler. El ex presidente confió en el nuevo estadio y en el plan Porchinos para zanjar una deuda que en 2005 ascendía a 105 millones de euros.
Casi un lustro después, el Valencia debe más de 500 millones y ha incrementado su patrimonio en suelo, un bien que ahora mismo nadie quiere comprar, al menos al precio que Soler planeó vender. En la mente del constructor, 2009 iba a ser un año clave para el club de Mestalla.
Hasta el presente ejercicio, Soler asumía que el Valencia seguiría registrando pérdidas. Pero es que, según el sueño que ideó el empresario, la primera plantilla debería estar ya jugando en el nuevo estadio de la avenida de las Corte Valencianas y entrenándose en la Ciudad Deportiva de Porchinos.
Soler concibió un mundo idílico. Primero dio un puñetazo encima de la mesa, rechazó la sociedad mixta y además se negó tajantemente a que ninguna empresa sacase tajada del nuevo estadio. Descartó la opción presentada por cinco firmas, que querían edificar el coliseo a cambio de explotar durante un periodo determinado la galería comercial y el parking.
Lofts dentro del estadio
El ex presidente y su equipo sacaron cuentas. Tiendas con ventas diarias y un aparcamiento a rebosar durante los partidos y con un alto rendimiento el resto de días. Suculento. El estadio en sí era también un pastel, pues el proyecto incluía 100 palcos VIP. Estas localidades eran algo similar a un loft de lujo con vistas al césped. Las empresas importantes de Valencia y alrededores podrían invitar a sus clientes más rentables a ver los partidos o mantener reuniones de trabajo dentro del propio estadio. Eso sí, a cambio de un suculento alquiler anual que iría a parar a las arcas blanquinegras.
Soler soñó y actuó. Lo vio claro, tanto que también concibió Porchinos como un «pelotazo inmobiliario». No tuvo reparos en decirlo, y eso le causó un buen disgusto: el alcalde de Ribarroja, Francisco Tarazona, atornilló al Valencia en forma de contraprestaciones para aprobar el plan.
La operación le salió bien en parte a Soler. El dinero ha servido para contener la deuda, aunque su finalidad inicial era eliminarla en verano de 2005. El Valencia ha ingresado 40 millones de Nozar, y tiene pendiente otro tanto en forma de pagarés avalados por banco que irán venciendo en los próximos años.
Esta circunstancia garantiza al club unos ingresos a pesar de que Nozar esté en proceso concursal, algo que no ocurrió con Valencia Experience, cuyo contrato no estaba avalado por banco.
Mientras Soler soñaba, y ya empezaba a desperezarse al percibir el aroma de la pasta recién horneada, todo se vino abajo. El constructor había apostado todo, estaba a expensas de una carta y la que salió no cuadraba en su baza.
«Florentino recalificó la Ciudad Deportiva de la Castellana, ingresó 600 millones con los que zanjó con creces la deuda del Madrid y ahora tiene otra en Valdevebas que dentro de unos años volverá a costar un dineral», comenta el ex consejero Alberto Martí: «Soler concibió algo así, pero le pilló la burbuja inmobiliaria».
El sueño del constructor se convirtió en la pesadilla del actual presidente del Valencia, Manuel Llorente. El 2009 glorioso al final ha sido el del estadio sin terminar, un Porchinos gobernado por los naranjos y la obligación de vender las estrellas para subsistir.

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