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Un gol del defensa del Puerto de Sagunto otorga los tres puntos al Valencia en otra noche siniestra para un colista cuyos espíritus siguen pululando por La Rosaleda
2 de noviembre de 2009
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JOAQUÍN BALLESTA.-

En este país en el que importamos todo lo yanqui, nos trajimos también la fiesta de Halloween, que hace furor. El Valencia C.F. se sumó a la misma y, aunque sin ser gótico total, como las niñas de nuestro presidente Zapatero, impuso el tono siniestro en La Rosaleda y asustó lo suyo, aunque el golpe mortal llegó de manera sutil, al estilo del Tenorio, preferido por David Navarro. Las calabazas fueron para los de casa.

El grupo de Mestalla vistió de negro de cintura hacia arriba. De medio cuerpo para abajo, de naranja. Semigótico. El color más siniestro, para impresionar al rival. El de la tierra para gustarse y buscar las exquisiteces, el buen gusto por el juego y adecuado trato del balón. Principalmente, cuando entraban en acción los hombres de mayor calidad. El cuarteto más adelantado. El póquer de ases de Emery.

Los semigóticos no tardaron en meter miedo, el susto en el cuerpo, pánico, a los andaluces. Arrancaron la siniestra fiesta muy decididos. No querían esperar y en los primeros quince minutos habían disfrutado ya de hasta tres ocasiones claras de gol, buscando meter la guadaña, perforar, marcar, cuanto antes.

Villa, luciendo brazalete de bruja jefa, arrancó a pecho descubierto cuando sólo se habían cumplido dos minutos y medio desde el inicio del evento. Remató como un tiro y estrelló el balón en el poste. En la siguiente acción, casi consecutiva, con la cabeza, obligó a Munúa a lucirse y rechazar a córner.

Pablo, Silva y Mata pasaron después a la acción. Y hasta David Navarro y Albelda. Todos metían miedo, aunque les faltó puntería. Los de Málaga no daban crédito. Eran incapaces de salir de su particular refugio. Y cuando lo intentaban era asomando lo mínimo. Pelotazos largos en busca de Obinna. El nigeriano fue el que dio cara. Y tras un descuido de Navarro, a punto estuvo de sorprender. César enmendó la acción y volvió la calma.

Los semigóticos se despistaron y estuvieron a un paso de que su particular Halloween se les volviera en contra, justo antes de que la fiesta llegara a su intermedio para merendar y refrescar el gaznate. Luque remató desde muy cerca, afortunadamente alto.

Pero es que cuando volvieron a desatarse las hostilidades, la impresión fue que la tónica no había variado. Los chavales del colista se percataron de que no había que acongojarse, de que, al fin y al cabo, se trataba de una fiesta incruenta y nadie iba a sangrar.

Se hicieron el ánimo y en el minuto 49 a punto estuvieron de dar un serio zarpazo a los que, en teoría, eran muy superiores, como habían demostrado en el periodo precedente. Entre David Navarro y César impidieron el gol.

El Valencia no terminaba de espabilar y volver a la senda anterior. La del terror para los de casa, que ya no pasaban miedo de ninguna clase. Al contrario, jaleados por el público, se envalentonaron y las tornas cambiaron. El principal motivo fue la intermitencia de un Banega que, como en los últimos partidos, se dejó la guadaña o batuta en el vestuario. Y sus aliados lo acusaban en exceso.

Sin embargo, hete aquí que un valenciano, David Navarro, en prolongado estado de gracia, se transformó en el Tenorio. Prefirió olvidarse de sustos, convertirse en galante, tierno, delicado y audaz. Todo a un tiempo para, con un sutil toque con la cabeza, llevar el balón a la red local -con la colaboración de Munúa, guitarra en ristre-, poner las cosas en su justo lugar y certificar un Halloween feliz, entre el romanticismo y lo siniestro, que de todo hubo, porque los últimos coletazos del Málaga a punto estuvieron de amargar la fiesta. Pero acabó perfecta.

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