Canal del Valencia

Otra decepción. Y van... Seis partidos sin ganar. El Valencia está tan obligado a elaborar un plan de viabilidad económica como de futuro deportivo. Esto no marcha bien. Ayer ofreció un anticipo de la cremà. El empate con el Recre al final se vio como una bendición, porque frente a un rival de tres al cuarto los blanquinegros volvieron a mostrar su peor cara. La de la impotencia. La del regalo defensivo. La de falta de ideas. Ya no es que las arcas del club estén vacías. Es que el equipo muestra la cabeza hueca.
Antes del partido, Unai reclamaba unión. ¿Unión? Lo que necesitan sus jugadores es aclarar conceptos. Son futbolistas que han dado tardes de satisfacciones y de un plumazo no se les puede olvidar el fútbol. Y, desde luego, el equipo no puede funcionar a ráfagas y apretar el acelerador cuando llega el tramo final y se ve con agua al cuello.
Los futbolistas no se entienden. Parece que hablen idiomas distintos. Descontrol. El equipo no funciona. Y eso no es nuevo. En la banda, con los brazos cruzados, Emery da algunas instrucciones. Pero parece que nadie le escuche y que, si lo hacen, no se enteren. Nervios. En las gradas y en el césped. Demasiada presión. Aburrimiento. El técnico mira y gesticula, impotente. En el primer tiempo apenas hay ocasiones claras de gol salvo un remate que da en el poste, obra de Adrián Colunga, que ha pillado a la defensa valencianista en paños menores.
Para ser el partido con el que el club conmemora el 90 aniversario de su fundación, la cosa no pinta nada bien. Silbidos en las gradas y desasosiego en el palco de autoridades donde, a la derecha del presidente Vicente Soriano se acomodan varios de sus antecesores. Ros, Tuzón, Roig, Cortés, Ortí y Morera. Por ese orden. Sólo falta Soler, que tenía un compromiso previo. Y mira por donde, el bochorno que se evitó.
A mi lado alguien recuerda que el Pamesa está jugando en La Fonteta a la misma hora y que antes, en el coso de la calle Xàtiva, toreaban Finito, El Fandi y el Juli. Buen cartel. Debías de haber elegido otro programa, continuó la charla. Fue una afirmación razonable, porque el espectáculo de Mestalla, hasta llegar al descanso, fue una verdadera castaña. Para olvidar. Y también para recapacitar.
El Recre de Lucas Alcaraz había llegado a Valencia con los galones de equipo crecido porque, en lo que va de año, lejos del Colombino no ha dejado de puntuar y quería continuar la racha. En este partido el Valencia se jugaba mucho más que tres puntos. Y como se podía imaginar, el entrenador guipuzcoano echó mano de aquel 4-3-3 que tan bien le fue cuando en la primera vuelta el equipo tuvo dos traspiés consecutivos. Pero el bloque no va.
La reflexión del descanso sirvió de poco. Los valencianistas volvieron a adolecer de los mismos defectos del primer acto. Lentitud exasperante, ausencia de ideas, descoordinación, precipitación, imprecisión, falta de puntería... Un desastre. Ni desbordes ni habilidad en el juego entre líneas, que hace bien poco aparecía siempre en el guión.
Ahora, nada. Además, eso de que el 4-3-3 sirve para que el equipo juegue más arropado, más unido, es una quimera. Demasiada teoría y pocos hechos. El sistema defensivo siguió siendo el talón de Aquiles del equipo.
Cuando en el minuto 54 Camuñas en un par de toques puso en evidencia a la vez Moretti, Alexis y Marchena y acabó llevando el balón a la red, Mestalla se resistió a dar crédito a la realidad. Era el 0-1 que nadie quería creer. El Recre había roto al rival. ¿Otra vez? ¿Otra derrota más? Se estaba viviendo una cremà anticipada.
El Valencia quiso evitar la vergüenza y con las incorporaciones de Pablo Hernández, primero, y luego de Míchel y Morientes, como referencia, mejoró mucho, aunque también es verdad que las repetidas ocasiones de que dispuso estuvieron provocadas porque el Recre no se conformaba, aspiraba a sentenciar, y dejaba espacios que aprovechaban los blanquinegros.
Silva tuvo hasta tres oportunidades para hacer el gol, entre ellas un mano a mano con Riesgo, que en otra ocasión hubieran supuesto tres dianas. Pero nada. No había manera y además Marchena, de forma más que inocente, provocó que el árbitro le mostrara la segunda amarilla y dejó a su equipo con uno menos.
Decía el veterano Heriberto Herrera que con diez se juega mejor que con once. Eso lo dijo una vez que en esa cicunstancia le salieron bien las cosas. Pero luego siempre alineó once.
El Valencia, con diez, también quiso ser mejor y aunque no lo consiguió, sacó la casta, las cualidades individuales, y Pablo Hernández, que terminaba de salir, hizo el empate y abrió la puerta de la esperanza.
El Valencia estaba decidido a dar la vuelta al marcador y arropado por su público pudo hacerlo. Pero también el rival dispuso de ocasiones. Fue un final vibrante, con emoción. Pero lo que cuentan son los puntos y el equipo sigue sin ganar.

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