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De Figueres a Las Gaunas

El equipo y la afición festejan juntos en el césped de Mestalla tras la victoria ante el Elche. / desfilis

Aquella fue la temporada más larga de la historia. Casi diez meses seguidos de competicióN

PACO LLORET

Aquella fue la temporada más larga de la historia. Casi diez meses seguidos de competició. El 21 de junio Mestalla celebró con un festival goleador el final del ejercicio 86-87. Cinco goles antes del descanso. Se disputaron en total 44 jornadas aunque competían 18 equipos y solo había un objetivo que el Valencia consiguió con autoridad. Por encima del regreso a la categoría perdida, queda la trascendencia del momento para la entidad de Mestalla que vivió un poderoso renacimiento. Atrás quedaba el peor trance de su existencia. De todo ello salió fortalecido el valencianismo que en la adversidad cerró filas. Con la perspectiva que proporciona el paso de 30 años, no se trata de festejar un éxito deportivo, la efeméride nos obliga a ir mucho más lejos y a ser más profundos en el análisis: el Valencia supo encontrar el camino adecuado y se libró de un hundimiento total. El riesgo existía. El peligro era real

Subirats marcó el primero, Fernando firmó el último. Ambos goles, ante el Málaga en la jornada inicial, y ante el Elche en la final, delatan los rasgos de aquella escuadra dirigida por Di Stéfano. Se trata de dos representantes genuinos de generaciones futbolísticas diferentes, ambos virtuosos futbolistas de la casa, de corte creativo y con llegada al área rival desde el centro del campo y enorme facilidad rematadora. Aquel Valencia fusionó sobre el césped una camada de talento inmenso que ya acumulaba horas de vuelo y una vieja guardia que decidió permanecer en las horas más duras. Sempere, Subirats y, sobre todo, Ricardo Arias, venían de haber vivido momentos de gloria, levantado trofeos y haber disfrutado de un club instalado en lo más alto. A su lado un grupo entusiasta de secundarios conscientes, pese a su juventud, de la enorme responsabilidad adquirida. No había dinero para fichajes, el crédito se había agotado y había que empezar por recuperar la credibilidad.

El papel de Bossio resultó decisivo. Oficio charrúa. El contrapunto necesario ante la exuberancia de exquisitez que desprendía aquella plantilla. Jugadores elegantes que debían competir en el fango de Cartagena o Sestao ante rivales que no escatimaban medios en frenarlos, como Carlitos Arroyo, el chiquito, que decía don Alfredo invadido por la ternura debido su candidez risueña, y al que se aplicó un plan específico de alimentación para que ganara cuerpo. Arroyo se puso el frac una tarde invernal en Oviedo con aroma a fútbol de toda la vida. El Carlos Tartiere lleno hasta la bandera no podía ocultar su admiración, rendido a un equipo que empezó a tocar el balón como los ángeles, y a jugar de memoria. Fernando se sumó la fiesta y destapó el tarro de las esencias. El malogrado Sixto se divertía con sus requiebros. ¡Qué delicia! Un espectáculo inolvidable. Aquella victoria de ley fue el espaldarazo decisivo para superar el peor tramo del campeonato. Después de un arranque brioso con cuatro triunfos consecutivos, vino la crisis: un triunfo, tres empates y otras tantas derrotas que generaron una corriente de desconfianza aumentada por el gafe de los filiales. De repente, las piezas encajaron y el fútbol fluyó como lo más natural por la banda derecha con Quique convertido en un estilete imparable.

Mestalla se convirtió en un feudo inexpugnable. El Valencia encadenó diez triunfos seguidos desde enero hasta la conclusión de la Liga. Ningún visitante fue capaz de puntuar. Esa racha le permitió administrar la superioridad en la clasificación cuando finalizó la fase regular del campeonato y antes de encarar la segunda liguilla frente a cinco rivales a doble vuelta. Líder en 28 jornadas, de ellas las dieciséis últimas, cuando impuso su ley. Nadie dudaba de su poderío. El Celta había sido hasta entonces el rival de mayor potencial con aquella pareja demoledora en ataque integrada por Lucas y Baltazar. El Valencia era la atracción allá por donde iba, el rival a batir, el grande en horas bajas. Ocho emisoras de radio solían ofrecer cada tarde de domingo las transmisiones de sus partidos a nivel local apoyados por patrocinios comerciales de anunciantes que también quisieron arrimar el hombro y hasta TVE tuvo la deferencia de incluir los resúmenes de sus actuaciones cuando Estudio Estadio era todavía un programa de fútbol sin charlatanes monotemáticos.

La novedad de desplazamientos a lugares y a campos desconocidos que se engalanaban con motivo de la presencia del club valencianista le daba un toque festivo a cada viaje. En Figueres, la primera salida, se inauguró el nuevo estadio en partido oficial; en Las Gaunas, la última, se participó como invitado en el ascenso histórico del rival en un ambiente de hermanamiento y con los bomberos achicando agua en los prolegómenos después de una fortísima tromba de agua. A esas alturas, los deberes ya estaban hechos, en la dirección del club sobresalía la sensatez de Arturo Tuzón, el presidente que marcó una época, mientras Roberto Gil se convirtió en su hombre de máxima confianza en el área deportiva. La grada entendió el momento y el mensaje. Así todo resultó más sencillo.

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