El Túnel del Tiempo

El doctorado de Carlos Arroyo

Arroyo durante un partido de la Copa de la Liga de 1985 ante el Racing de Santander. / josé penalba

PACO LLORET

U na actuación magistral en el Benito Villamarín y un gol espectacular encumbraron a Carlos Arroyo el día de su doctorado en Primera División. Aquella soleada tarde del invierno sevillano el Valencia se impuso por un marcador inapelable: 1-3. El choque de Heliópolis tuvo mucha miga: dos expulsados en el bando bético, una lesión importante de Quique Sánchez Flores, pero, por encima de todo, una exhibición formidable de talento y clase a cargo del debutante Arroyo coronada con un tanto excepcional. El veterano Esnaola se quedó petrificado.

Las estadísticas oficiales señalan que el centrocampista de Alcorcón debutó como valencianista en Liga unos meses antes, en la segunda jornada del campeonato 84-85, cuando en Mestalla los locales golearon al Espanyol por 5-1. El dato esconde una circunstancia relevante: aquel partido estuvo condicionado por la jornada de huelga convocada por AFE, el sindicato de futbolistas, y que obligó a todos los equipos a alinear -salvo contadas excepciones- a futbolistas poco habituales, muchos de ellos sin contratos profesionales. Arroyo fue uno de ellos. Los goles de aquella jornada anómala fueron obra de Giner, García Pitarch, Palonés, Sixto -de penalti- y Fernando. En el banquillo local se sentaba Roberto Gil mientras que Xabier Azkargorta ocupaba el visitante. Después de aquel encuentro atípico Carlos Arroyo regresó a jugar en Tercera División con el Mestalla que dirigía Óscar Rubén Valdez y ya no volvió a defender los colores del primer equipo hasta la jornada 21, cuando el Valencia debía visitar el feudo bético.

Arroyo fue titular en la medular escoltado por el oficio de Castellanos y el trabajo infatigable de Ribes. El madrileño destapó el tarro de sus mejores esencias y protagonizó un partidazo. La ausencia de Cardeñosa en las filas verdiblancas aún le proporcionó mayor notoriedad. La guinda al pastel la puso con un impresionante disparo desde fuera del área que entró por la escuadra de la portería defendida por el legendario José Ramón Esnaola. Aún no se había cumplido la media hora de juego y el Valencia ya ganaba por 0-2. La belleza del tanto fue reconocida con aplausos de admiración por la parroquia local. Aquel rubio de aspecto esmirriado pero dotado de una elegancia arrebatadora estaba jugando como los ángeles. El beticismo, tan devoto de los artistas sobre el césped, le premió con una respetuosa ovación. La superioridad valencianista se había plasmado muy pronto gracias al vertiginoso gol de García Pitarch.

El centrocampista realizó una actuación magistral en el Villamarín coronada con un gol en la 1984-85

Aquella tarde el Valencia acreditó de nuevo su fortaleza como visitante. Vestido con camiseta roja, pantalón y calzas de color negro, y con la publicidad de la antigua Caja de Ahorros de Valencia sobre el pecho, reeditó sus mejores virtudes tácticas de aquella campaña que le llevaron a ser un rival temible en desplazamientos pero inseguro en su feudo. Si como local hubiera sido más solvente, se habría metido en competiciones europeas. Osasuna, con un punto más, se llevó el premio de participar en la Copa de la UEFA. Los valencianistas finalizaron el torneo en el ecuador de la tabla con demasiados empates en su haber: quince en treinta y cuatro jornadas. El conjunto adiestrado por Roberto Gil fue capaz de puntuar en campos como el Nou Camp -el Barça conquistó aquella Liga-, el Pizjuán o el Calderón. En el estadio del Atlético firmó un primer tiempo antológico con tres tantos de Wilmar Cabrera. La marcha del delantero uruguayo para jugar la fase de clasificación para el Mundial de México 86 perjudicó notablemente a los de Mestalla.

El triunfo en el campo del Betis lo cerró, precisamente, Wilmar Cabrera con su gol, el tercero, pocos minutos después del tanto local, obra de Poli Rincón, que dio ciertas esperanzas a los verdiblancos de salvar los muebles. El partido se puso, a partir de entonces, tenso y feo y el árbitro, Urízar Azpitarte, expulsó a dos futbolistas béticos: Calleja, por doble amonestación, y Calderón con roja directa por una entrada espeluznante del internacional argentino sobre Quique. El lateral valencianista hubo de ser retirado por las asistencias de la Cruz Roja y trasladado en ambulancia a un hospital, donde se le diagnosticó una lesión en el tobillo que le tuvo un mes fuera de combate. En su lugar salió Aliaga y la fiesta fue completa. Defensa contundente y enérgico, marcó su territorio con la fiereza acostumbrada. El Valencia administró con oficio su superioridad numérica y su ventaja en el marcador. Arroyo dejó algunos arabescos, marca de la casa, para endulzar el tramo final del choque.

Aquella presentación en sociedad sirvió para que Arroyo dejara de jugar con el CD Mestalla y se quedara de forma definitiva en la plantilla profesional. Sin embargo, no volvió a marcar un gol en los partidos restantes de aquel ejercicio. No importaba, Carlos Arroyo ya había logrado atraer a una legión de devotos de su fútbol, que cada mañana de domingo cuando jugaba el filial, se reunían en la tribuna de Mestalla para deleitarse con sus destellos de calidad. Esa misma temporada fue incluido en la selección española sub-21. Con el paso del tiempo fue curtiéndose y mejorando su complexión física hasta convertirse en uno de los futbolistas más talentosos, hasta su salida del Valencia en 1996.

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